martes, 24 de junio de 2014

EL ORIENTE Y EL OCCIDENTE ANTE LA IDEA DEL HOMBRE



EL ORIENTE Y EL OCCIDENTE ANTE LA IDEA DEL HOMBRE[1]

De entre los problemas que hoy preocupan al pensamiento filosófico occidental, ninguno se destaca con más vigor que el que podemos definir como la idea o el concepto del hombre. ¿Qué es el hombre? Y considero interesante referirme a este tema, precisamente en el seno de una institución que nos lleva a sentir, por la denominación que la distingue, Amigos de la India, que no se contenta con lo que nuestro mundo occidental ofrece, sino que trata de auscultar y comprender el valor que puede existir en detenerse ante otros mensajes culturales.

Época de integración. Hay un factor que sitúa en primer plano la posibilidad de un acercamiento entre Oriente y Occidente, antes inconcebible: el actual momento histórico. Observemos que todo nos empuja hacia las grandes integraciones. Toda época y, en ella, todo país, parece haber tenido una misión específica dentro de la ingente obra humana; pero parece ahora como si hubiéramos traspasado los límites de lo particular, para fundir en un vínculo casi cósmico todo lo que, como legado, cada civilización ha venido a ofrecernos. En lo social, en lo económico, en lo cultural, en lo religioso, son insuficientes las aportaciones de cada parte, y caminamos hacia la búsqueda de la fusión de todas, de una integración común. No nos basta esto aquello, sino esto y aquello, para que el corazón humano siente que solamente sobre la firme roca de un mutuo entendimiento, se desvanecen temores y suspicacias.

El fin de la vida ha de ser la vida misma. Esta característica de entendimiento voy a concentrarla, pues, en el hombre como flecha orientadora, a pesar de que tengamos que reconocer que no ha sido su personalidad la meta de la inquietud del Occidente, el propósito fundamental de la investigación científica. El hombre, y su vivir, han quedado en lugar secundario. Muy lejos de la actitud occidental hemos de situar la afirmación de Goethe: “EL FIN DE LA VIDA ES LA VIDA MISMA”. No merece atención alguna el milagro de ser; ha interesado el hombre como instrumento, como medio de un fin, como animal mecanizado capaz de producir algo sorprender, asombroso, pero que deja en la sombre lo que le dio origen: su alma creadora.

Este camino de la ciencia a la que poco a poco todo ha ido supeditándose, ha llevado a sentir las infinitas posibilidades del estudio de lo fenoménico, pero asimismo ha tenido que llegarse a reconocer la limitación que existía frente a la esencia creador de la vida. El físico Einstein con sus matemáticas abstractas y su afirmación: “Lo mejor que podemos experimentar es el misterio…” parece que despeja un nuevo camino a la investigación científica que podríamos expresar así: “no nos contentemos con la seguridad del mundo sensorial; vayamos más allá, hacia donde no hay nada en qué apoyarse y… experimentemos”. El pensamiento de Einstein coincide con el período de integración que estamos viviendo, y que nos invita a ampliar nuestro horizonte, a descansar nuestras observaciones, en puntos de mira universales, para que lo propio, lo que había sido peculiar y cerrado, se convierta en cósmico.

Ante el interrogante. Será, pues, el hombre el punto de enfoque de esta plática, y considerando la etapa que vivimos de integración de valores, destacaré los que corresponde a dos realidades filosófico-culturales hasta ahora muy distantes: Oriente y Occidente. Puesto que el Occidente, en su constante búsqueda, parece como si sintiera la necesidad de sumergirse en lo misterioso y desconocido, veamos en qué forma palpita eso desconocido en las milenarias escrituras sagradas de la India. De antemano hemos reconocido que pregunta alguna en torno a nuestro objetivo, la idea de hombre, podrá hallar respuesta satisfactoria. Dos factores primordiales se oponen a ello: uno, nuestra tradicional actitud mental dentro de las características que le son propias, en este caso, el tratar de concebirnos como algo más que como seres naturales o simples fenómenos; el otro factor, quizá el fundamental, el que nos descubre el filósofo francés, Henri Bergson, cuando dice “La realidad sólo puede captarse a través de una facultad que trascienda los procesos mentales”, lo que implica un tipo de conocimiento íntimo, propio, personal, que no permite conclusiones de trascendencia colectiva.

¿Por qué, a pesar de todo, me mantengo en un tema que no nos permite llegar a conclusión intelectual alguna? Porque el problema de nuestra época es el hombre. Todos reconocemos que cualquiera que sea el aspecto que enfoquemos de nuestra realidad colectiva ya sea el educativo, el político, el social, el económico, algo nos falla y este sentimiento nos lleva a deducir que, siendo el hombre el impulso creador de todo, en él, en nada más, radica el problema. Sin duda que no vamos a resolverlo con una idea del hombre que nos lleve a una actitud vital más universal e íntegra que la presente, porque el mundo que proyectamos es el de la acción inerte de los intereses creados, no de un activo pensamiento renovador. Pero la conciencia del problema puede significar el primer paso hacia una ruta orientadora.

Pensamiento griego: conocer. Retrotraigamos a Grecia el inicio de nuestro estudio. Tras Protágoras que afirmó “el hombre es la medida de todas las cosas”, pero un hombre sumergido en la limitación de los sentidos, tres filósofos se nos destacan en la Grecia inmortal, y teorizan sobre el hombre abstracto, arraigado en un nivel metafísico. Mencionemos en primer lugar a Sócrates, cuyas ideas conocemos, en este caso, a través de Jenofonte. Afirma: “El hombre no es un accidente cósmico, sino una fase culminante de todo el orden natural, con una función peculiar e importante. Sólo él puede iluminar la naturaleza con la luz del entendimiento y dirigir conscientemente su vida y sus actividades dentro de una armonía voluntaria con el orden establecido. Corporalmente el hombre es de la misma materia a que se encuentra en todo el universo; pero la razón humana es parte de una razón cósmico”.[2]

Platón concebía al hombre como dual. Textualmente dice: “El alma está en el cuerpo como el marinero en un barco. En él puede actuar independientemente y utilizar el cuerpo como instrumento. Si ejerce debidamente sus funciones de capitán, conducirá el cargo a donde tenga que ir; si es indolente y no sabe salvar los peligros, puede legar a perderse en el mar. El culpable evidentemente no es el barco, sino el timonel”.[3]

Según Aristóteles “La estructura de una existencia individual está inmersa en la material y es ininteligible. Para comprenderla hay que separarla y abstraerla de esta materia individual”. Vinculando esta existencia individual con el problema del conocimiento, agrega “La inteligencia humana no es completamente pasiva, actúa sobre el objeto confuso de los sentidos, y así construye el conocimiento de las cosas”.[4]

Ninguno de los tres filósofos separó la religión de la filosofía, ya que una y otra constituían una unidad en el pensamiento griego. Aceptaban los tres la existencia de Dios, concebido como Ser supremo y ordenador del Cosmos: Sócrates, como consecuencia de su descubrimiento de la inteligencia racional y del orden natural; Platón como reacción contra Protágoras y los sofistas, con su afirmación: “Dios, no el hombre, es la medida de todas las cosas”, además de afirmar asimismo: “Una Causa racional vela por los asuntos de los hombres, pues en realidad es esa Causa la que sostiene todo el orden cósmico.”[5] Aristóteles reconociéndole como “Ser que existe necesariamente como acto puro y autosuficiente”, si bien considerando que carecía de sentido “la búsqueda de Su Causa.”[6]

En ningún tratado, sin embargo, ni los diálogos que Platón atribuye a Sócrates, apunta la necesidad de establecer relación o nexo alguno entre el Criador y su criatura. Y es que, a pesar que los tres filósofos distinguen bien claramente el mundo de los sentidos y el de la razón, invisible, como Dios, el problema de su filosofía se centra fundamentalmente en el conocer, no en el ser; CÓMO se conoce y QUÉ hombre surge como resultado de ese conocimiento, no lo que el hombre ES. Para su objetivo, la realidad humana al descansar en “una Causa” ordenadora de su vida, sin que nada venga a perturbar ese punto de vista, encuentra su expresión plena en el mundo material que era la morada del ser concebido como una integridad de organismo físico, individuo social y razón creadora en los diversos campos del arte, de la ciencia o de la filosofía.

Para comprender qué factor determina la bifurcación entre el pensar oriental y el occidental, ya en la autora de la vida histórico-filosófica, veamos a grandes rasgos en qué forma enfoca el Oriente el problema del CONOCER. Leemos en sus escrituras sagradas ese pensamiento: “La fe es un rayo de luz en la oscuridad; el conocimiento es la evanescente luz del día, y la razón es el camino que comunica la fe con el razonamiento.”

Pensamiento oriental: ser. La actitud del hombre oriental ante lo desconocido o trascendente, no es la búsqueda, sino de serena aceptación de que el misterio le rodea, misterio que no pudiendo develar con los medios que tiene a su alcance: los sentidos y su inteligencia, los sustituye por la FE que considera “rayo de luz en la oscuridad” que le circunda, por el CONOCIMIENTO que reconoce valioso como la luz del día, aunque lo estime transitorio, y por la RAZÓN, como el medio que le conduce de la fe inicial a un conocimiento más o menos auténtico. La distinta actitud entre el oriental y el occidental frente al mundo y al hombre, deriva de la aceptación del valor de la razón, RELATIVO según el primero, ABSOLUTO según el segundo, para conocer la realidad.

¿Qué laboratorio, si la razón no basta, puede permitir al hombre oriental descubrir la verdad o el error de aquello que, en pos del misterio de su personalidad, la trascienda? Sólo un laboratorio considera fidedigno el Oriente: la intuición humana. He ahí donde los métodos se separan: el Oriente ante lo humano desconocido, nos traza la tura hacia su interioridad para que la honde en función vial; el Occidente lleva a cabo la búsqueda hacia afuera, hacia la naturaleza, para que la razón se explique el misterio del ser.

Nos afirma el BHAGAVAD GITA, un exquisito canto que figura en la gran epopeya de la India, el MAHABHARATA, que hay tres tipos de fe para captar lo trascendente, es decir, lo que no se halla regido por las leyes naturales: la fe sencilla del inocente apoyada en puntales externos, y que, por corresponder a la primera etapa del conocimiento, descansa en la autoridad; la fe del intelectual a quien no basta lo que pueda afirmar los demás o lo que hayan sido las verdades consagradas de la tradición necesita dela lógico y, con base en su duda personal, trata de escrutar, justificar y comprender. El tercer tipo descansa en la fe pura; la misma de San Anselmo, cuando sostiene “hay que creer para comprender”; es la fe que fusiona en tal forma, por acto de amor, al conocedor con el objeto de su conocimiento, que nada se intercepta para la comprensión.

Las más antiguas escrituras de la India son los Vedas, y en el último verso del Canto a la Creación del RIG-VEDA, apunta el despertar de la interrogación filosófica, la acción de la menta humana oscilando entre la duda y la fe. Citaré solamente los dos últimos versículos del exquisito Poema:

¿Quién conoce la verdad? ¿Quién puede decirnos de dónde y cómo surgió este Universo? Los dioses no existían todavía; ¿quién sabe, pues, de dónde vino esta Creación?

Solamente el Dios que ve desde la altura suprema, solamente Él sabe de dónde vino este Universo, si fue creado o es increado; solamente Él; o quién sabe, quizá Él tampoco lo sepa.


De la naturaleza externa que los primeros Vedas comentan, pasan otras escrituras sagradas, los UPANISHADS, a referirse a la naturaleza interna del hombre. En ellas se formulan preguntas fundamentales sobre la esencia de las cosas y del ser humano, y las respuestas pueden resumirse en dos palabras: BRAHAM, Dios y ATMAN, el espíritu del hombre; dos nombre para una sola verdad: BRAHAM como universo, esencia primordial; ATMAN como hombre, su proyección. Y el KENA UPANISHAD, para conducir a una idea de BRAHMAN, interroga:

¿A qué requerimiento de quién vaga la mente? ¿Quién primero lanza la vida a emprender su jornada? ¿Quién nos impulsa a hablar?

Lo que no puede expresar la palabra, pero gracias a lo cual la palabra se expresa, eso es Brahman, el Espíritu, no el ser que aquí los hombres adoran.

Lo que no puede ser pensado por la mente, pero gracias a lo cual la mente piensa, eso es Brahman, el Espíritu, no el ser que aquí los hombres adoran.

La experiencia espiritual de ATMAN viene expresada en las palabras del CHANDOGYA UPANISHAD:

Hay un espíritu que es mente y vida, luz y espacios infinitos. En él hállanse contenidas todas las posibilidades y todos los deseos, todos los perfumes y todas las sensaciones. Envuelve al Universo, y es el amante que en silencio late en todo lo creado.

Este espíritu mora en mi corazón. Es más profundo que un grano de arroz, o que un grano de cebada, o que la semillas de un grano de cebada, o que la semilla de un grano de alpiste. Este es el Espíritu que mora en mi corazón. Es mayor que la tierra, mayor que los cielos, mayor que todos los mundos. Este es el espíritu que mora en mi corazón. Este es BRAHMAN.

Lo que precede, y si acudiéramos al pensamiento chino de Lao-tsé o Confucio, sentiríamos la misma afinidad espiritual, lo he citado simplemente para que podamos darnos cuenta de la diferencia de actitud entre el occidental y el oriental, frente al misterio de la Creación y del Hombre. El Oriente trata de llevarnos a sentirlo con palabras que intelectualmente nada definen, pero que por su bella y su misma vaguedad, nos transportan a un estado de conciencia; el Occidente, primero a través de la filosofía griega, escruta cómo conocer la realidad, y después, tras la etapa profunda religiosa de la Edad Media, se siente arrastrado por la tendencia científica que agudiza el método experimental de la que derivan las afirmaciones contundente y concretas: “… el Cosmos nació…, nuestro sistema solar se formó…” precisiones exactas con respecto a lo fenoménico, pero que no evitan nuestra angustia con respecto al misterio que rodea lo vital.

De unos años a esta parte, ya en el umbral del pensamiento filosófico moderno, una inquietud acosa la filosofía occidental: la idea o el concepto de hombre. Antes de entrar en ella precisemos todavía algunas afirmaciones del Oriente, para darnos cuenta de que  algo asoma en el pensar occidental contemporáneo, similar a ellas.

Realidad humana: dos mundos. Concibe el Oriente la  realidad donde se proyecta el ser humano como la integración de dos mundos que se despliegan durante un proceso evolutivo: el externo y el interno. Del externo forma parte el organismo físico que entra en contacto con él a través de los sentidos y con la colaboración de la mente o razón, lo más elevado de ese organismo. El interno corresponde a una realidad que solamente puede alcanzar lo Indefinible en el hombre, el único ser que, entre todo lo creado, posee el don de la conciencia y, por lo tanto, la capacidad de observarse hacia afuera como objeto de conocimiento y hacia adentro para descubrir su subjetividad en acto vital de autorreflexión.

La concepción occidental que arranca de la tradicional filosofía de Platón y Aristóteles también reconoce que “el rasgo distintivo del hombre es ser una integridad de cuerpo material y alma invisible, no como entes separados, sino como principios, de cada uno de los cuales sólo existe la virtud del otro, dos factores interdependientes de UNA sola cosa.” Pero como sea que el mundo interno del hombre corresponde a la razón, instrumento del conocer, se mantiene intocable para los griegos lo que en la tradición oriental subsiste como ser, espíritu, singular en la persona, universal en el cosmos, singularidad y universalidad fundidas en lo que podríamos llamar el Alma mater del mundo.

Búsqueda en paralelismo. A través de los siglos ha perdurado en el Occidente el pensamiento filosófico griego, pero matizado por acontecimiento de tanta trascendencia, y últimamente por el movimiento científico, que no podemos considerar griego el pensamiento contemporáneo. Algo más hemos de tener en cuenta para comprender la laguna que existe entre nuestro pensar y el oriental: en éste no se ha producido divorcio alguno entre religión y filosofía, en tanto que en Occidente la influencia de la ciencia y su tendencia materialista, ha dividido en forma tajante los dos campos. Sin duda, la ciencia ha pretendido sinceramente ir en pos de la verdad, más para encontrarla se ha movido, hasta entrado en este siglo, dentro del campo de las ciencias naturales, y su método de experimentación no ha podido conducirle, en lo que corresponde al hombre sino a que un premio Nobel de física, Alexis Carrel, le lanzara un verdadero desafío en la plenitud de su gloria, su famoso libro, “EL HOMBRE, UNA INCÓGNITA”.

A pesar de esto podeos encontrar en el campo de la filosofía y veremos después que incluso en el de la cinecia, huellas que nos encaminan hacia un modo de despeje de esta incógnita.

Como introducción orientadora partiré de filósofos que no pertenecen a nuestro siglo. Según Kant,  la criatura humana es un ser que pertenece no sólo a la naturaleza, pues está situado en los límites entre ella y OTRO REINO. (¿No nos recuerda esto la realidad de los dos mundos del pensar oriental?). La filosofía se detiene ante ese reino, ya  que la razón, único instrumento de conocimiento, no le permite ir más allá.

Goethe, el artista de las plenitudes afirma: “El hombre es el primer diálogo que la naturaleza sostiene con Dios.” ¡Con qué imagen tan bella y profunda nos revela el poeta cuál es la trascendencia e inmanencia del hombre, la trascendencia e inmanencia de Dios! El hombre se ha convertido en naturaleza, trascendencia de Dios, pero puede dialogo con Él, su creador, porque en su seno late Su inmanencia. He ahí el BRAHMAN y el ATMAN de los UPANISHADS. No nos interesa referirnos aquí a la trascendencia de Dios en lo creado, sino simplemente en aquello que puede dialogar con Él, el hombre, lo único en el Universo consciente de su finitud; conciencia por  lo tanto, que le otorga la intuición de lo infinito.

Hegel, en su libro “El espíritu del cristianismo y su destino” afirma:

En cada hombre está la luz y la vida; él es la propiedad de la luz, pues no le ilumina luz alguna a la manera de un cuerpo opaco que muestra un resplandor que le es ajeno, sino que se enciende con su propia materia ígnea, y su llama le es propia.

¿En qué se diferencia este pasaje de Hegel de la definición que de ATMAN hace el CHANDOGYA UPANISHAD, anteriormente citado?

El filósofo alemán, Feuerbach, hace una afirmación de gran alcance en lo que corresponde a la idea de hombre: “El ser del hombre se halla en la unidad del hombre con el hombre”, lo que implica que no es en el ser humano aislado donde podemos hallar la respuesta a lo que él es, sino en la mutua, efectiva y total relación entre hombre y hombre.

Dentro dela línea de la antropología filosófica, cada vez más profundo el pensamiento moderno, encontramos a otro filósofo, Husserl, que nos llama la atención sobre el hecho de que el fenómeno histórico de mayor trascendencia, es el que nos conduce a observar una humanidad que incansablemente lucha por “su propia comprensión”. El sentido de la historia, según este pensador, no podemos encontrarlo en la relación de los hechos, “sino en el heroico y angustioso esfuerzo que realiza el ser humano para comprender a través del proceso histórico.”

En los UPANISHADS, en tantos aspectos culminación de ideas fundamentales, encontramos estas significativas palabras: “No es el pensamiento lo que debe interesarnos conocer, sino al pensador”, es decir, no es la proyección del hombre –el blanco de nuestra ciencia occidental-, lo que debe importarnos, sino él, como origen de la proyección.

De entre los filósofos de nuestra época, destaco a Max Scheler. Transcribo de su libro, EL PUESTO DEL HOMBRE EN EL COSMOS, estas palabras: “Somos la primera época en que el hombre se ha hecho problemático de manera completa, pues, además de no saber lo que es, SABE que no lo sabe.” “El yo humano es el lugar único de la divinización accesible a nosotros”. “En el hombre se hace patente el atributo espiritual de ente en la unidad concentrada de la persona que se recoge a sí misma”. “En la escala del devenir, el Protoser (El Creador), mientras va construyendo el mundo, se va volviendo cada vez más hacia sí mismo, para poseerse por completo en el hombre, en etapas cada vez más elevadas.” “Dios no es, sino que deviene en el hombre”.

Max Scheler nos conduce, con sus palabras, hacia una idea del hombre que no excluye una actitud que trasciende a la razón, actitud que el racionalismo occidental rechaza por considerarla de tendencia religiosa. El decir Scheler: “en el hombre se hace patente un atributo espiritual… el Protoser mientras va construyendo el mundo… Dios devienen el hombre…” acepta la realidad de Algo en cuyo seno el hombre se desenvuelve. Algo que no es estático, sino que constantemente se recrea en lo singular y único de la creación, en el hombre.

Otro filósofo contemporáneo ya mencionado, Bergson, en su libro “Evolución Creadora”, comenta:

¿Puede existir una estructura más perfecta, más elabora que una sinfonía de Beethoven, por ejemplo? Y, sin embargo, a través del esfuerzo de seleccionar, ordenar, suprimir, que tiene lugar al nivel intelectual, el compositor lucha por algo que está más alá de ese nivel, para llegar a captar el sentido de aceptación o rechazo, de dirección, de inspiración, en suma. Es en ese otro nivel donde palpita la emoción indivisible que, sin duda la inteligencia trata de expresar en música, pero que es más que simple inteligencia y más que música. En contraste con la emoción corriente, por debajo de lo intelectual, esa emoción superior, trasciende el dominio de la voluntad. Una emoción de esta clase evidentemente puede compararse, aunque sea remotamente, al amor sublime que es para el místico la misma esencia de Dios.

Trascendencia de lo fenoménico. Los pensamientos que preceden, trascienden la pura concepción científica del Universo y del hombre; parecen moverse dentro de la concepción filosófico-religiosa que se mantiene viva en los UPANISHADS: el que el espíritu del hombre, el misterio de la vida, la lúcida conciencia que, a veces, rige el obrar humano; el amor que es fuente de dicha infinita, la visión de lo bueno y de lo bello que en el mundo existe, todo esto es algo que está por encima del nivel de la razón, pero algo que hay que tener en cuenta, a pesar de que no pueda explicarse, apoyándose en ella.

El filósofo alemán, Rudolf Steiner, dice en su libro FILOSOFÍA DE LA LIBERTAD:

… La conciencia humana sirve de mediadora entre el pensamiento y aquello que desea conocerse. En cuanto el hombre observa el objeto de conocimiento, se le aparece éste como dado; en cuanto piensa, se aparece él mismo como activo. Considera el objeto como OBJETO, y a sí mismo, como SUJETO pensante. Por el hecho de que aplica su pensamiento a la observación, tiene conciencia de los objetos; por aplicarlo a sí mismo, tiene conciencia de sí mismo, o sea, del ser del hombre, del que tan poco se ocupa la psicología.

El jesuita Teilhard de Chardin en su libro, EL FENÓMENO HUMANO, destaca el valor de esta conciencia de sí mismo, con esta afirmación:

La aparición del poder de REFLEXIÓN en el hombre puede considerarse como umbral o cambio de estado, que nos lleva a una nueva forma de biología.

Y Martin Buber, quien fue profesor de filosofía en una Universidad de Israel, partiendo de Feuerbach, considera que no es suficiente el autoconocimiento para que el hombre se encuentre en acontecimiento vital. Y expresa así su idea:

“Si lo fundamental de la existencia humana es la relación del hombre, el enfoque de esta relación es fundamental para conocerle. Puede tener lugar la relación vital en momentos fugaces de nuestra vida cotidiana: un contacto en la angustia de un peligro, en la plenitud de un sentimiento artístico, en el patetismo de una tragedia. El diálogo humano queda substituido, en esos instantes, por aquello que trascendiendo dos existencias personales, se cierne ENTRE las dos.”

Síntesis: El Oriente, considerando al hombre como ser de dos mundos, ha mantenido inmutable, a través de los siglos, una actitud metafísica que le ha permitido enfrentarse, incluso con el materialismo que caracteriza nuestra época, incluso con el sentimiento de angustia y soledad que ha penetrado en el corazón del hombre occidental contemporáneo a raíz de las dos últimas guerras mundiales. La esencia de esta actitud descansa en la aceptación, al margen de todo razonamiento, de las palabras de los UPANISHADS: “Tú eres Eso”, lo que equivale a: tú, hombre, aparentemente fugar y mortal, eres Eso, lo inefable, lo infinito; Eso que late fuera y dentro de ti.

El Occidente, si bien fiel a sí mismo en su búsqueda de la verdad, parece como si intuyera un sentido de trascender el tradicional círculo cerrado materialista, y ante la idea del hombre, la tendencia que primordialmente distingue al pensamiento moderno es la que ahonda la afirmación ya citada de Feuerbach: El ser del hombre se halla sólo en la unidad del hombre con el hombre”, hondura que Teilhard de Chardin encauza con estas palabras: “Cuanto más nuestro ‘Yo’ penetra en el ‘Otro’, más se descubre a sí mismo”, y Martin Buber con estas palabras: “Para comprender la personalidad humana, hemos de ir más ‘allá’ de lo subjetivo, más ‘acá’ de lo objetivo, mantenernos en el agudo filo donde se encuentra el ‘Yo’ y el ‘Tú’.”

Nos sentimos flotar en todas estas afirmaciones, la metafísica de los UPANISHADS: “Tú eres Eso”, pero realizado en el Occidente el “Eso” infinito, en conquista liberadora en diálogo sin palabras, entre uno y otro ser humano.



Bibliografía:
·         Sola de Sellares, María; Aventura del Pensamiento; Cuadernos Americanos; No 3, Mayo-Junio de 1972. El Oriente y el Occidente Ante la Idea del Hombre; pp. 120-130.



[1] Plática pronunciada en la Asociación AMIGOS DE LA INDIA.
[2] Memorables.
[3] Fedón.
[4] Metafísica.
[5] Las Leyes.
[6] Metafísica.

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