miércoles, 14 de mayo de 2014

Un judío no creyente la experiencia de Franz Kafka
por Arturo Michel Pérez

Introducción: del orden divino al orden humano

Franz Kafka (1883-1924) con su experiencia vital y sus narraciones literarias puede ayudarnos a entender el problema que actualmente tienen las personas para encontrar el sentido de su vida en las condiciones culturales vigentes.
Este problema fundamental se definió en sus términos iniciales cuando Europa dejó de representarse como "la cristiandad" y se erigió a sí misma (es decir, a sus países hegemónicos) como la medida de todas las cosas.
Cuando se pasó de un orden vital pretendidamente divino a un orden explícitamente humano se dio toda una ruptura, porque la religión dejó de reunir a los integrantes de la sociedad, es decir, dejó de ser el común sentido de la vida y fue sustituida por otras instancias ordenadoras menos pretenciosas, menos abarcantes, menos comunes. El lugar ocupado por un solo Dios empezó a ser disputado constantemente por nuevos "dioses" (o aspirantes a dioses): el dinero, el placer, el poder, el conocimiento, la belleza ... (encarnados en miles de personas, objetos y situaciones). Todos ellos han tratado de convertirse en sentido común de la vida, coordinando o subordinando a los otros.
Esta lucha de los "dioses" y de sus fieles contra los rivales, la expresó muy bien Fedor Dostoyevski en las palabras de su personaje el Gran Inquisidor:

"El hombre busca inclinarse ante algo que sea indiscutible, tanto, que todos los hombres lo acepten de golpe y unánimemente. Pues la tribulación de estas lamentables criaturas no estriba sólo en buscar aquello ante lo cual yo u otro podamos inclinarnos, sino en buscar una cosa en la que crean todos y a la que todos reverencien, todos juntos, sin falta.
Esta necesidad de comunión en el acatamiento constituye el tormento principal de cada individuo así como de la humanidad en su conjunto desde el comienzo de los siglos. En nombre de este acatamiento colectivo los hombres se han aniquilado entre sí con la espada. Han creado dioses y se han retado exclamando: "Arrojad vuestros dioses y venid a rendir acatamiento a los nuestros; de lo contrario moriréis vosotros y los dioses vuestros!".

Los que iniciaron la creación de este nuevo orden humano en Europa no querían eso, pretendían más bien restaurar en la sociedad el antiguo ordenamiento divino. A Lutero (1483-1546), por ejemplo, le pareció que la Iglesia estaba degradando su misión al convertir la gracia de Dios en una mercancía, con la venta de las indulgencias. Su lucha por reformar al cristianismo lo llevó a concebir un comportamiento humano basado en las escrituras y en la necesaria interpretación de las mismas. Con ello impugnó tanto los conocimientos que se habían convertido en tradición eclesiástica como a las autoridades que los respaldaban. Prefirió, además, obedecer a su conciencia que al Papa. Así que, contra lo que él deseaba, a partir de él, en principio, ninguna autoridad, ni ordenamiento religioso pudo sustraerse a la crítica y a la impugnación. Y las guerras entre los cristianos católicos y protestantes que se desarrollaron después sólo se pudieron terminar cuando se abolió la religión oficial, es decir, cuando se separó a la Iglesia del Estado y la religión dejó de ser sentido común y se convirtió en asunto privado.

Esto tuvo muchas repercusiones culturales, pero señalemos solamente una muy importante que destacó Erich Heller:

"En la medida en que el cristianismo era la religión representativa de la Edad Media, su modelo de realidad era esencialmente sacramental. Había una definida correspondencia entre la esfera mundana y la trascendental. La fe no se establecía en alguna distintiva, ni en unque se mantenía aparte del . Era un elemento de toda experiencia, era en verdad su principio cristalizador. Sólo dentro del molde y el patrón determinados por la fe, las experiencias tenían sentido y las impresiones se convertían en conocimiento. Esta correspondencia entre las dos esferas era tan cercana que en cada etapa importante de la vida humana las dos se encontraban y se convertían en uno de los sacramentos".

Al acabar con la realidad sacramental o el "ordenamiento divino" de la realidad, la disputa entre los fieles de los distintos "dioses" se fue desarrollando y traduciendo, a nivel personal, en un problema de valoración y actuación: ¿Cómo valorar a mi familia, mi pareja, mis amigos, mi ciudad, mi patria, mi trabajo, mis virtudes y defectos? ¿Por el placer que me producen?, ¿por el poder que me dan?, ¿por el dinero que gano?, ¿por los conocimientos que adquiero?, ¿por la voluntad de Dios que cumplo?.
La impresión que produce una situación así es de conflicto, desorientación e inestabilidad de valores. Y lo que provoca esta impresión, para el que quiere solucionar problemas, es un deseo de armonización, clarificación, orientación y estabilización de valores y actuaciones. Toda una tarea difícil de ejecutar si se quiere coordinar todos los valores.
¿Cómo vivió esta situación el escritor Franz Kafka y cómo intentó resolverla? Son preguntas que responderemos muy sintéticamente aquí. Por lo pronto adelantaremos que él captó que el desarrollo del conflicto de los ordenamientos había ido más allá de la lucha entre los dioses o entre los reyes (representantes de los dioses). Lo que él vio fue que la situación había llegado al punto en que del mundo intelectual habían desaparecido ya los dioses y los reyes y quedaban sólo sus mensajeros (las personas) jugando un juego absurdo. Kafka lo expresó así en el aforismo No.47:

"Se les dio a elegir entre llegar a ser reyes o correos de los reyes. A la manera de los niños, todos quisieron ser correos. Por eso no hay nada más que correos, recorren a la carrera el mundo y, como no hay reyes, se gritan mutuamente los partes, que han perdido sentido. Les gustaría poner un fin a su miserable vida, pero no se atreven a hacerlo a causa del juramento que han prestado para su cargo".

El sentido de la vida y los conflictos nacionales e individuales

Descubrir el sentido de la vida y mantener la dirección correspondiente en lo cotidiano es algo necesario para vivir bien. Y es una tarea muy complicada porque hay que ir conectando día a día una actividad con todas las demás, creando y recreando el orden que permita vincular adecuadamente todos los medios para llegar a los fines que cada quien se ha propuesto.
No cualquiera se cuestiona el sentido de la vida. Suelen hacerlo los que tienen problemas con el orden establecido; los que no se conforman con el estado de las cosas. Ellos son los que se interesan por la manera en que está organizada la vida y buscan la manera de reorganizarla. Aunque no necesariamente esta búsqueda termina con el descubrimiento de un cambio viable o de una situación aceptable. En este sentido, Kafka, en su desesperación escribía: "Esta vida parece insoportable; otra, inalcanzable."
Aparentemente es muy sencillo determinar las diferentes metas de las actividades humanas porque tanto la naturaleza como la sociedad señalan objetivos concretos con sus respectivas exigencias: comer, beber, habitar, dormir, reproducir la especie (casarse y formar una familia), educar, trabajar, etc . Además ellas tienen manera de señalar lo que es bueno y es malo. La naturaleza enseña lo malo con padecimientos corporales que genera y la sociedad con sus prohibiciones y castigos. Las dos enseñan lo bueno con las satisfacciones y recompensas corporales y mentales que le ofrecen a la gente.
Esto que se presenta de manera simple se complica porque no necesariamente la naturaleza y la sociedad están en armonía. Sus exigencias y sus comportamientos a veces se obstaculizan, otras se dañan entre sí, y a veces se favorecen mutuamente; el que sea más una cosa que otra depende de la sociedad de la que se trate.
Las contradicciones entre naturaleza y sociedad las experimentan las personas en sus cuerpos, por ejemplo: una ciudad ruidosa impide un sueño completo y regenerador y mantiene a la gente en una tensión permanente; una ciudad con exceso de automóviles suele tener un aire muy contaminado y las enfermedades respiratorias se multiplican con facilidad.
A las contradicciones entre las sociedades y la naturaleza, que dificultan la determinación de las metas o hacen muy conflictivo su cumplimiento, hay que agregar los problemas generados por las contradicciones que se dan entre países y entre naciones. Las metas políticas, económicas y culturales de cada uno de ellos entran en conflicto y suelen terminar en guerras y sometimientos.
Esto se vio claramente en la vida de Kafka, en los años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mundial: "En Europa, cada una de las naciones tenía el sentimiento de ser víctima de catástrofes y de estar rodeada de enemigos que miraban con malos ojos su prosperidad, su desarrollo, y ponían en entredicho su existencia misma. El sentimiento patriótico se convertía de este modo en una de las formas de la reacción colectiva de la sociedad frente a los fenómenos nacidos de la unificación económica del mundo; el movimiento de las nacionalidades era una variante de ello, que no estaba ligada exclusivamente a la opresión étnica o religiosa".
En la mayor parte del siglo XX la dinámica conflictiva de los países en su lucha por la igualación internacional bajo el dominio de uno solo, se expresó también en el terreno económico, sobre todo en el esfuerzo por estandarizar el gusto de millones de consumidores para que adquirieran los correspondientes objetos producidos a escala masiva. Se dio una lucha entre marcas (empresas de diferentes naciones), que ofrecían mercancías similares y que querían prevalecer en el mercado global.
Las metas de las naciones eran y siguen siendo conflictivas en los diferentes campos de la actividad humana.
Kafka vivió estas tribulaciones generadas por la dominación y la estandarización, en el Imperio Austro-Húngaro (1867-1918). Ahí la dinastía de los Habsburgo dominaba a los alemanes, judíos, húngaros, checos, eslovacos, croatas, serbios, eslovenos, italianos, rumanos, polacos y rusos. Los que pertenecían a cada una de estas nacionalidades se sentían fuera de lugar dentro del Imperio germanizado y querían un nuevo orden de cosas, sea por la reforma o por la ruptura política (la independencia). Finalmente la guerra imperial contra los serbios desató la Primera Guerra Mundial que destruyó a este Imperio y llevó consigo a una reorganización de esas nacionalidades dentro de nuevos Estados: Austria, Hungría, Checoslovaquia, Polonia, Yugoslavia y Rumania (más la promesa inglesa de un futuro Estado: Israel). Como Kafka vivía en Praga, le tocó pertenecer a Checoslovaquia.

A las contradicciones entre los distintos Estados y naciones se deben añadir las que se dan entre los diferentes grupos sociales que pertenecen a un país y con todo eso se tiene una buena cantidad de sentidos políticos que se enfrentan y que conforman las condiciones de la vida cotidiana. Kafka conoció la humillación y el desprecio que se ejercía sobre las minorías étnicas y nacionales en el Imperio Austro-Húngaro primero y en Checoslovaquia después.

Respecto a este comportamiento conflictivo de los seres humanos y sus agrupaciones, kafka escribió lo siguiente, en su cuento Investigaciones de un Perro:

"qué poco inclinados están, comparados con nosotros los perros, a mantenerse unidos, qué callada y forasteramente y con qué curiosa hostilidad pasan uno junto a otro; y cómo sólo los más bajos intereses pueden atarlos y juntarlos en una ostensible unión y con qué frecuencia esos intereses hacen surgir el odio y el conflicto".

Un problema más que enfrenta cualquier persona para determinar el sentido de la vida y el ordenamiento correspondiente es que tampoco basta superar las contradicciones de las metas políticas, hay que tomar en cuenta las contradicciones que existen entre hombres y mujeres, padres e hijos, maestros y alumnos, ricos y pobres, dirigentes y dirigidos, etc.

La confusa relación entre medios y fines

Y, por si lo anterior fuera poco, además hay que tomar en cuenta que en el mundo actual la relación entre medios y fines se ha hecho muy problemática, como tuvo a bien señalarlo el sociólogo y filósofo alemán George Simmel:

"Por una paradoja, toda elevación de la cultura humana consiste en que, a medida que ésta crece, necesitamos ir a nuestros fines por caminos cada vez más complicados y más abundantes en estaciones y rodeos. El hombre es el ser indirecto, y esto tanto más cuanto más cultivado se encuentre. El animal y el hombre no cultivado alcanzan aquello que su voluntad se propone, apoderándose de ello de una manera directa o empleando sólo un escaso número de medios sencillos. La multiplicidad y la complicación crecientes que la elevación de la vida comporta no permiten la serie de los tres términos: deseo, medio, fin, sino que transforman al miembro intermedio en una pluralidad, en la que el medio eficaz resulta producido por otro medio, y éste a su vez, por otro, hasta que aparece aquella complicación incalculable, aquel encadenamiento de la actividad práctica en que vive el hombre de culturas maduras. Piénsese tan solo en la adquisición de los alimentos, en la simplicidad del procedimiento que era suficiente -claro con frecuencia no alcanzaba a serlo- para procurarse el pan en las culturas primitivas, y compárese con la ramificación de tan innumerables operaciones, aparatos, medios de transporte como son necesarios para que el hombre moderno encuentre el pan en su mesa. Por esta prolongación de las serie de fines que hace de la vida un problema técnico, nos es imposible a veces tener en la conciencia, en cada momento, el último miembro de cada serie; en parte, porque no podemos abarcarla toda; en parte, porque el paso inmediato, de transición, requiere la concentración de todas nuestras energías anímicas; la conciencia se detiene en los medios, y los últimos fines, de los cuales recibe sentido y significación toda la cadena, desaparecen de nuestro horizonte visible".

Las metas (o fines) implican pues un ordenamiento que vincule entre sí todas las actividades que se requieren para llegar a ellas; si no hay ese orden, las actividades se contradicen entre sí o se desconectan y no aportan nada a la causa o simplemente faltan y la cadena se rompe y se generan puras frustraciones.
El comportamiento se evalúa de acuerdo a ese ordenamiento: si la actividad realizada se conforma al orden establecido, es justa; si no, es injusta; si el orden pedía la realización de una actividad y no se realizó, entonces hay una falta de justicia. En este sentido, cada quien está obligado a justificar sus acciones, y, desde la perspectiva del género humano y de la naturaleza, a justificar la propia existencia.
Si se determinó bien el sentido de la vida y se actuó en consecuencia se vive satisfactoria y plenamente; pero si no se actuó en consecuencia: hay culpa, vacío y una gran frustración. Si la meta elegida fue la equivocada y se actuó correctamente para llegar a ella, lo que sucede al conseguirla es una gran desilusión; se comprueba que la ruta seguida no conducía a la felicidad ni a la satisfacción. El problema es pues descubrir y elegir los fines correctos y los medios correctos; y hecho esto, actuar en consecuencia.
Y esa fue la preocupación fundamental de Kafka: encontrar el sentido de su existencia y actuar en conformidad con él. Cuando era joven, en la década de sus años veinte, tuvo esa preocupación porque quiso darse una vida humana auténtica, no una falsa o inválida; y en la década de sus treinta, sobre todo al final, siguió investigando en la misma dirección para examinar las dimensiones de su fracaso. Por esta razón tanto en sus narraciones de una y otra época se ocupó constantemente de investigaciones, tribunales, procesos, culpas, juicios, castigos y justificaciones.

Los comportamientos arbitrarios e incomprensibles

El mayor problema que rescata en las historias que cuenta es que los personajes desconocen el origen y el destino exacto de su situación. Al quedar oscuro el principio y el fin de las actividades todos los comportamientos de los personajes adquieren un carácter incomprensible. Esa situación es análoga a la vida humana, porque todo lo que está antes del nacimiento y después de la muerte queda en el misterio. Los vínculos de la vida humana individual con lo que está antes del nacimiento y después de la muerte, desde el punto de vista de la conciencia y el mundo interior, quedan en la oscuridad. Así pues, toda la realidad que describe Kafka se hace notar por sus conexiones misteriosas; los personajes no entienden bien lo que está sucediendo. Lo único que aparece con toda claridad al personaje principal es el castigo, la desgracia o la muerte.
En sus historias la gente rompe, sin saberlo, un orden oculto y tiene que asumir las consecuencias de sus actos. Como escribe en una de sus narraciones: "Nuestras leyes generalmente no son conocidas; el pequeño grupo de nobles que nos gobierna las mantiene en secreto. Estamos convencidos que esas ancestrales leyes se administran escrupulosamente; sin embargo es extremadamente doloroso ser gobernado por leyes que uno no conoce".
Las leyes que se desconocen son las leyes de la vida humana, se desconoce el origen y el destino del orden humano vigente. Podría decirse que Kafka escribió muchas variaciones a la historia del pecado original, porque expuso existencias sometidas a una falta estructural, pero en ellas no aparecían ni Dios ni el Diablo, así que no podía entenderse bien qué habían hecho los equivalentes de Adán y Eva en el paraíso, cómo habían llegado ahí ni por qué habían sido expulsados.
De hecho en su aforismo número 83 escribe: "No sólo somos pecadores porque hemos comido del árbol del conocimiento, sino también porque no hemos comido del árbol de la vida. De pecado es el estado en que nos encontramos, aparte de la culpa". Y en el número 84 agrega: "Fuimos creados para vivir en el paraíso; el paraíso estaba destinado a servirnos. Nuestro destino ha sido modificado".
Como se puede ver, en estas frases tampoco aparecen ni Dios ni el Diablo, sólo el pecado original, es decir, la acción incompleta de los transgresores que dejó desvinculados el conocimiento y la vida. El castigo de ese pecado es un conocimiento muy destructivo; es la muerte, como queda claro en el aforismo 86: "Nadie se puede conformar con el conocimiento solo, sino que tiene que esforzarse por actuar de acuerdo con él. Pero a tal fin no le ha sido dada la fuerza suficiente, de ahí que tenga que destruirse a sí mismo".
El que conocimiento y vida estén divorciados, desvinculados, quiere decir que la vida no se convierte en conocimiento ni el conocimiento en vida. Y esta idea de Kafka sólo puede entenderse desde la crisis de identidad que percibe en todo lo que existe debido a que todo orden carece de fundamento sólido una vez que Dios ha dejado de ser el creador y la razón de todas las cosas. Si no hay un fundamento sólido la vida se convierte en algo insoportable porque no tiene dónde sostenerse. Si no hay un fundamento sólido el conocimiento se convierte en pura imaginación.
En sus apuntes de 1920, a los que tituló: "El", expresa esta idea de la manera siguiente:

"Se trata de lo siguiente: hace muchos años me senté en la ladera del monte Laurenzi. Bastante triste, analizaba mis deseos. Me pareció más importante o atrayente el de lograr una concepción [...] en que la vida conservara su pesantez, sus naturales altibajos, pero en que fuera también reconocida, con no menor precisión, como nada, como un seño, como un algo leve y flotante. Acaso un hermoso deseo si hubiese deseado cabalmente. Algo como el deseo de ensamblar una mesa a la perfección de acuerdo con las reglas del arte, y al mismo tiempo no hacer nada, pero en tal forma que no se pudiera decir: , sino que hubiera que decir: , con lo cual el martillear se tornaría aún más audaz, más decidido, más real y, si lo deseas, más delirante.
Pero no podía desear en esa forma, ya que ese deseo no era un deseo, era tan sólo una defensa, una admisión de la nada, un soplo de vitalidad que quería conferir a la nada".

Como se puede ver en lo dicho, Kafka sigue teniendo en mente el esquema religioso: Dios crea a partir de la nada, basta su palabra: "Hágase" (el soplo de vitalidad). Pero ya no está Dios, así que Franz quiere dar el soplo de vitalidad que le hace falta a la nada. Y sabe que la vida es una casi nada, una "negación afirmativa":

"No se puede decir que nos falte fe. El simple hecho de nuestra vida, en su valor de fe, no puede ser agotado. ¿Habría aquí un valor de fe? ¡Pero si no es posible no vivir! Justamente, en estese encuentra la insensata fuerza de la fe; en esta negación adquiere forma".

Hubo en Kafka un gran esfuerzo de vincular conocimiento y vida, de encontrar vida en las distintas formas de interacciones humanas, pero en la familia, la empresa, el gobierno y las instituciones religiosas y culturales encontró más bien conexiones absurdas (es decir, desconexiones) y soledad.
Algo inconexo y poco vital que encontró fue, por ejemplo, el Imperio Austro Húngaro en el que vivió la mayor parte de su vida.

Nacer en un reino carcomido

El emperador Francisco José (1830-1916) declaró a principios del siglo XX: "Mi reino se asemeja a una casa carcomida. Si se hacen cambios en una parte, no se puede decir cuánto es lo que se derrumbará". Era, pues, un reino que no podía admitir novedades, en el que ya nada podía nacer y todo podía perecer; ya no había lugar para nada ni para nadie. Todos eran un peligro entre sí porque cualquiera podía moverse e intentar nuevos vínculos que parecerían mejores pero que resultarían fatales para el orden existente. En aquellos momentos de su declaración, el viejo emperador había comido el fruto del árbol del conocimiento, pero no podía comer del árbol de la vida, su imperio estaba a punto de perecer.
Kafka nació en la ciudad de Praga, en ese reino carcomido que no tenía lugar para él ni para nadie. Encontrar la solución al problema de estar fuera de lugar (dislocado) es lo que le dio un sentido a su vida y es lo que marcaría todas las actividades de su existencia, porque en ese Imperio todo estaba fuera de lugar, no había un orden vital. Por eso él quiso encontrar y hacer el "hogar" que le había sido negado.
Hermann Kafka (1852-1931), su padre, fue el encargado de transmitirle la noticia de que no había lugar para él en el reino. El mismo Hermann no había podido tener un lugar aceptable ni como judío pobre, ni como judío rico. Durante su infancia, desde los diez años, había tenido que empujar una carreta de aldea en aldea para repartir carne a los clientes de su padre (el abuelo de Franz). Pasó varios años con las piernas llagadas por el frío porque no tuvo ni la ropa ni el calor suficientes para curarlas. Ni su trabajo, ni el de toda su familia, ni la carnicería de su padre, eran suficientes para cubrir las necesidades elementales. Se consideraban afortunados el día en que podían comer papas.
La experiencia de pobreza de Hermann fue una vivencia de necesidades insatisfechas, de no valer como hombre, de ser menos que los otros, de ser ignorado, de estar condenado por razones desconocidas, pero, sobre todo, fue una experiencia de miedo. La pobreza se convirtió en el mal que tenía que combatir y superar y, por oposición, la riqueza se convirtió en el mayor bien que necesitaba adquirir. La concentración en la solución de este problema existencial estructuró su manera de ser y actuar. Por eso entró en conflicto con todo lo que le significara deseos insatisfechos, frialdad, debilidad y mal pago (esto mismo es lo que le reprochaba a su hijo Franz cada vez que entraba en conflicto con él).
Para lograr su objetivo de enriquecerse, desde los 14 años Hermann abandonó la casa paterna y se dedicó al comercio ambulante en áreas rurales. Después emigró a Praga y se casó con Julie Lowy (1855-1934). Con ella puso una tienda de ropa para caballeros y después los dos expandieron el negocio a la venta de ropa al mayoreo.
Los padres de Kafka trabajaban juntos durante el día y se acompañaban en el descanso de la noche, sobre todo en el juego de naipes. Esta concentración en la vida de pareja, tanto en el trabajo como en el descanso, dejó fuera de lugar a los hijos: Franz fue el primogénito, lo siguieron Heinrich (que murió a los dos años de edad) y Georg (que murió a los seis meses de edad); seis años después fueron llegando las hermanas: Elli (1889-1942), Valli (1890-1942) y Ottla (1892-1942).
Sobre la ausencia de sus padres, Kafka le contó a Felice Bauer (1887-1960), su novia: "Viví solo por mucho tiempo, luchando con enfermeras, viejas nanas, cocineras rencorosas, infelices institutrices, pues mis padres estaban siempre en la tienda".
La relativa riqueza que acumuló Hermann con su trabajo, el de su esposa y sus empleados, no le aseguró un lugar en el mundo. Los conflictos nacionalistas de los checos contra alemanes y judíos germanizados representaron una amenaza siempre presente para sus pertenencias; aunque esto no haya ido más allá de la amenaza, pues sucedió que "al producirse los disturbios antisemitas, el almacén de Herman Kafka nunca resultó afectado. Se cuenta que un día que los autores de pogromos querían saquear su tienda, algunos transeúntes se los impidieron, diciendo: "Dejen a Kafka, es un checo" (...) Cierto es que le gustaba mucho declararse checo en los censos oficiales, aparentemente para garantizar una ventaja política".

"¡Pero qué judaísmo fue ese que recibí de ti!"

Según Max Brod, el apellido Kafka es de origen checo, kavka significa grajo (ave parecida al cuervo) y lo adoptaron algunos judíos oriundos de regiones checas. Ese apellido representaba el hecho de que en el dominio de los Habsburgo no había lugar para nombres judíos. Un edicto imperial en 1786 ordenó que todos los judíos debían cambiar su nombre.

"El registro civil se encargó de realizar esa tarea con minuciosidad teutona. Si alguien se llamaba Ezequiel Ben (hijo de) Samuel, recibió el apellido Samuelsohn. Muchos tomaron el nombre de sus lugares de nacimiento -Brody, Lemberg, Krakauer, Tartakauer, Berlín, Leipziger. Los judíos que pudieron pagar una buena suma recibieron el nombre de animales, adjetivos, colores o cosas -Goldenberg (monte dorado), Fuchs (zorro), Adler (águila), Kaiser (emperador), Freud (alegría)".

La obligación de cambiar el nombre era toda una "invitación" a cambiar de identidad, a ya no ser lo que se ha sido, porque ese ser no tiene valor. Además, en la práctica, cuando los judíos dejaron de vivir en los ghettos terminó con ello la organización de su vida cotidiana fundada en la religión e inició la secularización, algo que los cristianos habían estado experimentado los últimos siglos. Al abandonar la vida del ghetto vivieron abiertamente bajo nuevas normas, las del orden secular. El judaísmo entonces dejó de tener vigencia para el orden cotidiano y eso se tradujo en una devaluación religiosa. Como consecuencia, educar a los hijos en el judaísmo perdió importancia. Ese descuido se lo reprochó Franz Kafka a su padre:

"Cuatro días por año ibas al templo, allí te hallabas cuando menos más cerca de los indiferentes que de aquellos que tomaban la cosa en serio, despachabas pacientemente las oraciones como una formalidad, a veces me asombrabas pudiéndome señalar en el devocionario el lugar que precisamente se estaba recitando, y, por otra parte, con tal de que estuviese en el templo (esto era lo principal), podía yo escurrirme donde quisiera.
Me pasaba allí muchas horas bostezando y soñando tontamente (tanto no me he aburrido más tarde, a no ser en la academia de baile), y trataba de divertirme en lo posible con las pocas y pequeñas variaciones que allí había cuando por ejemplo abrían el Arca de la Alianza, lo cual me recordaba siempre los puestos de tiro al blanco donde también, si daba uno en el centro, se abría la puerta de un armario; sólo que allí surgía cada vez algo interesante, y aquí únicamente, y siempre de nuevo, esos viejos muñecos sin cabeza. Por otra parte también experimentaba mucho miedo allí, no sólo, como es lógico, ante las muchas personas con las que entraba uno en contacto, sino porque cierta vez, como de paso, habías dicho que yo podía ser llamado a presentarme ante la Torah. Pensando en ello he temblado durante años. Por lo demás, nada me estorbó fundamentalmente en mi aburrimiento, a no ser la ceremonia del "Bar Mitzva", que exigía sin embargo tan sólo un ridículo aprendizaje de memoria que conducía, por lo tanto, tan sólo a un ridículo examen".

Una de las conclusiones iniciales a las que llegó Kafka fue que lo mejor era abandonar todo ese material religioso: "ese desprenderse me parecía ser la acción más piadosa".

La decisión de ser escritor y los problemas para escribir

Cuando tenía 14 años Kafka anunció en casa de su amigo Hugo Bergamann que iba a ser escritor. Desde entonces empezó a escribir, pero fue hasta los 29 años, "después de 15 años de esfuerzo desesperante", cuando escribió un trabajo más grande, la novela América, con la que sintió confiado en una expresión sólida. De hecho el primer capítulo de esa novela lo publicó como un cuento, titulado El Fogonero, que le llevó a ganar el premio Fontane en 1915.
Una idea de ese "esfuerzo desesperante" que realizó nos la da el mismo Kafka en la plática que sostuvo en marzo de 1910 con el teósofo doctor Rudolf Steiner y en la que resumió el estado problemático en el que se encontraba su vida y la orientación que le estaba queriendo dar:

"Siento que una parte importante de mi ser tiende hacia la teosofía, pero al mismo tiempo ésta me produce un miedo terrible. La verdad es que temo que de ella me venga una nueva confusión. Esta confusión radica en lo siguiente: mi felicidad, mis aptitudes y cualquier posibilidad de ser útil en algún aspecto residen desde siempre en lo literario. Y es en este campo donde, por lo demás, he vivido situaciones (no muchas) que, en mi opinión, están muy cerca de los estados visionarios que usted describe, Doctor. En ellos vivo totalmente en cada una de mis ideas, pero con ellos he llenado también cada una de estas ideas; y en ellos me siento transportado no sólo a los límites de mí mismo, sino a los límites de lo humano como tal. A estos estados sólo les faltaba, aunque tampoco les faltaba del todo, esa serenidad del entusiasmo que probablemente es propia del vidente. De hecho deduzco que no he escrito lo mejor de mis obras en tales estados. - O sea que no puedo entregarme completamente a este trabajo literario, como debería ser, y no puedo hacerlo así por razones diversas. Al margen de mis relaciones familiares, yo no podría vivir de la literatura a causa de la larga gestación de mis trabajos y de su carácter insólito; además, mi salud y mi carácter me impiden asimismo entregarme a una vida que, en el mejor de los casos, sería incierta. Por ello soy funcionario de un organismo de seguros sociales. Pero resulta que estas dos profesiones nunca pueden tolerarse entre sí ni dar lugar a una feliz convivencia. La menor suerte en una de ellas viene a convertirse en una gran desgracia en la otra. Si una noche he escrito algo bueno, lo quemo al día siguiente en la oficina y no puedo acabar nada. Este ir y venir es cada vez más desagradable. En la oficina cumplo con mis obligaciones externas, pero no con mis obligaciones internas, y toda obligación interna no cumplida se convierte en una desdicha que ya no se aparta de mí. Y a esas dos aspiraciones que nunca se equilibran, ¿debo añadir una tercera, la teosofía? ¿No perturbará a las otras dos, siendo a su vez perturbada por ellas? ¿Podré yo, que ya ahora soy tan desgraciado llevar las tres a feliz término?".

¿Por qué se convirtió en escritor?

Muchos judíos del Imperio Austro-Húngaro se convirtieron en escritores. ¿Por qué sucedió esto? Hay varias razones posibles. Me interesa destacar dos que están relacionadas con Kafka.
Una es que como a sus padres les había tocado superar la pobreza y asegurar una posición económica en la sociedad, sintieron que a ellos les tocaba ganar ahora un lugar en la cultura dado que habían sido excluidos de la política por cuestiones nacionalistas y religiosas.
Otra es que la mayoría de ellos era no creyente, pero eran no creyentes judíos. Eso quiere decir que por tradición el sentido de la vida se había obtenido de las sagradas escrituras. En ellas estaba expresada la voluntad de Dios, es decir, la manera en que El quería que viviera su pueblo elegido. La escritura tenía pues una carga emocional muy fuerte. Según el libro del Génesis, Dios había creado al mundo con su palabra, la palabra había sido creadora. Y si las antiguas escrituras habían dejado de tener vigencia, era necesario reemplazarlas con otras palabras poderosas y creativas.
La nueva palabra creadora, como se dijo más arriba, no se fundaba ya en Dios, sino en la vida misma, como Nietzsche y el ambiente cultural les había sugerido a los intelectuales alemanes. Por eso Kafka se animó a convertirse en un observador muy lúcido de la vida de la gente y un investigador riguroso de su vida interior y exterior.
La vida no es algo meramente individual sino que es algo común a una infinita cantidad de seres. Y, en este sentido, Kafka situaba su vida personal dentro del conjunto más amplio al que pertenecía, eso se lo debió sobre todo al judaísmo. Aunque se sintiera solo y aislado no podía pensarse nada más como individuo, lo hacía como alguien que pertenecía a una comunidad humana concreta. Así que el esfuerzo por ser conciente de sí mismo lo llevó a desarrollar su conciencia del judaísmo y esto mismo a desarrollar su conciencia como ser humano. Y desde esa perspectiva tan general y tan particular dio testimonio de la desconexión que había entre el conocimiento y la vida, y con sus libros invitó a sus lectores a buscar y encontrar un vínculo auténtico entre los dos.
Con sus escritos, él se propuso (sin lograrlo) intensificar la vida humana y por eso creía que no tenía caso leer un libro que no nos despertara con un golpe en la cabeza. "Un libro debe ser el hacha para el mar helado que está dentro de nosotros. Esa es mi creencia", le escribió a su amigo Oskar Pollak.

Un profesionista muy eficaz

Franz obtuvo su doctorado en leyes en la Universidad Alemana de Praga, en junio de 1906, y la mayor parte de su vida profesional trabajó en el Instituto de Seguros de Accidentes del Trabajo del Reino de Bohemia al que ingresó en julio de 1908 (cuando tenía 25 años) y del que se jubiló en 1922, dos años antes de su muerte.
El Instituto manejaba las compensaciones que por ley los empresarios tenían que dar a los trabajadores por accidentes de trabajo y administraba el seguro por enfermedades. Cuando Kafka ingresó, el Instituto tenía bajo su responsabilidad a 35,000 empresas industriales. Franz tuvo puestos directivos y pudo contribuir al establecimiento de medidas de seguridad en las industrias para prevenir accidentes laborales.
Aunque su horario de trabajo en el Instituto era de 8 a.m. a 2 p.m. siempre vivió esas seis horas como antagónicas con su trabajo de escritor. Así lo decía en agosto de 1913:

"Mi trabajo es insoportable porque se opone a mi único deseo y mi única vocación que es la literatura. Como yo no soy sino literatura y no quiero ser otra cosa, mi trabajo nunca me poseerá, pero podría, sin embargo, despedazarme completamente y esto no es, de ninguna manera, una remota posibilidad".

A pesar de la lucha interna cotidiana que significó su trabajo en la oficina no por eso dejó de desempeñarse en él de manera responsable y brillante, al grado que se le consideraba indispensable; por esa misma razón el Instituto logró que el gobierno no lo reclutara para el ejército durante la Primera Guerra Mundial.
Durante esta guerra el Instituto tuvo que ocuparse de la administración del seguro social y los beneficios médicos de los lisiados en el frente. En 1915 a Kafka se le responsabilizó de manera particular del cuidado y la compensación de los soldados que habían quedado emocionalmente trastornados. En octubre de 1918 la Administración de Veteranos de guerra recomendó que se otorgara una medalla al Dr. Kafka "quien en adición a sus deberes oficiales en el campo del seguro fue también, desde 1915, responsable de la agenda del Comité para el Tratamiento Terapéutico y la administración de los sanatorios" y merecía el reconocimiento por sus servicios sobresalientes.
Su trabajo como abogado le permitió un profundo conocimiento de la burocracia, las leyes laborales y las condiciones de trabajo de los obreros. Este conocimiento arraigó sus escritos en aspectos fundamentales de la economía, el gobierno y la vida cotidiana.
Los tres primeros relatos a los que Kafka les reconoció algún valor literario los escribió casi a sus 30 años de edad, todos ellos relacionados con el orden familiar y sus cambios. El tema correspondía a su situación: era un hijo que aparentemente ya estaba listo económica, intelectual y emocionalmente para formar su propio hogar. A Kurt Wolff, su editor, le pidió agrupar La Condena, El Fogonero y La Metamorfosis en un libro que tuviera como título: Los Hijos.

Soy espiritualmente incapaz de casarme

La Condena es la historia de Georg Bendemann un joven que quiso casarse y formar un hogar, pero fracasó por no haber entendido su situación.
Para fundar una familia se necesita tener un poder semejante al del padre, ya que se va a reemplazar el antiguo ordenamiento paterno por uno nuevo. Si no consigue el poder suficiente, el hijo se mantiene dentro del viejo ordenamiento paterno y fracasa en su intento creador. El sentido de lo que se hace y sucede en la realidad lo revela el que crea o se encarga del orden existente. En la sociedad el encargado era el emperador y en la familia el padre. El que no tiene el poder (el hijo o el súbdito) sólo se ilusiona con lo que hace. Cree que llegar a la meta que se fijó es algo que sólo depende de él.
La boda que proyecta un hijo que no tiene el poder y la independencia suficiente para hacerla, puede dar la impresión de que va por buen camino, pero sucede así sólo mientras no interviene el padre, es decir, el encargado del viejo orden. Al intervenir con su poder acaba con las ilusiones del impotente. Si el hijo, por su falta de poder, fracasa en la meta de convertirse en padre, se equivoca mortalmente. El, en lo particular, al no casarse y tener hijos rompe con la ley de la reproducción de la especie y con la reproducción de su pueblo. Por eso el padre, representante de este orden biológico y cultural, condena al hijo a morir ahogado y así, en vez de casarse, Georg muere.
Kafka anticipó en este cuento lo que le sucedería años más tarde. Como veremos más adelante.
Siete años después de haber escrito La Condena (1912), Kafka le escribió una carta a su padre en la que le explicó por qué no pudo casarse las tres veces que lo había intentado:

"El obstáculo esencial, por desgracia independiente de los casos en sí, es que, por lo visto, soy espiritualmente incapaz de casarme. Esto se manifiesta en el hecho de que a partir del momento en que me decido a casarme ya no puedo dormir, me arde la cabeza día y noche, ya la vida no es vida y, desesperado, ando tambaleándome de un lado a otro [...] El casamiento es sin duda una garantía de la más acentuada autoliberación e independencia. Yo tendría una familia, lo más elevado que en mi opinión puede lograrse, por lo tanto lo más elevado también que tú has logrado; sería tu igual y toda vergüenza y tiranía antiguas y eternamente renovadas ya sólo pertenecerían a la historia. Tal cosa por cierto sería como un cuento de hadas, maravilloso, pero en ello justamente ya reside lo problemático. Es demasiado, tanto no puede lograrse. Es como si alguien que estuviese prisionero no sólo abrigara la intención de fugarse, cosa que quizá sería alcanzable, sino además, y simultáneamente, la intención de reconstruir la prisión convirtiéndola en un lujoso castillo para sí. Ahora bien, si realiza la fuga, no podrá reconstruir, y si reconstruye no podrá fugarse".
[...] Tal como somos, el casarme me queda vedado precisamente por el hecho de que es el terreno más propiamente tuyo".

El haber anticipado en La Condena los motivos por los que moriría 12 años después nos lleva a rescatar una frase suya en el relato de Las Investigaciones de un Perro: "El cambio inicia en el alma antes de que aparezca en la existencia ordinaria".

Prisionero en el cuerpo de un insecto monstruoso

Kafka escribió su relato de La Metamorfosis después de dos experiencias de rechazo muy importantes en el año de 1912.
En primer lugar se ganó la aversión de toda su familia por no querer trabajar por las tardes en la fábrica de asbestos que era suya, del papá y del cuñado. Al papá se le ocurrió establecer esa fábrica para ayudar a su hija Elli, recién casada, a salir adelante. Franz apoyó la decisión con entusiasmo, con ideas y con sus ahorros. Por interés de su papá, se convirtió en socio de Karl, su cuñado. La fábrica había empezado a funcionar en noviembre de 1911 con 25 trabajadores (la mayoría mujeres) y a principios de octubre de 1912 ya se había convertido en algo insoportable para Kakfa, ya que invirtió su dinero con la esperanza de que el negocio le proporcionara ingresos suficientes para dedicarse libremente a la literatura, pero resultó que en vez de ganar tiempo para su literatura lo perdió, porque el negocio requirió un trabajo que Franz no estaba dispuesto a dar. Con ello y por haber sido el principal promotor de la fábrica en la familia, entró en una depresión y desesperación tan profunda que hasta llegó a pensar en suicidarse.

La otra experiencia de rechazo fue la carta que le escribió su novia Felice Bauer en la que le decía que él era alguien completamente extraño para ella. Esa fue la respuesta que le dio a la descripción detallada que Franz hizo de su modo de vida cuando ella le pidió conocerlo mejor.
El comentario de Felice trastornó profundamente a Kafka, le derrumbó en un instante todas sus fantasías amorosas. Su reacción inmediata fue terminar la correspondencia con Felice: "no me vuelvas a escribir, yo tampoco te escribiré. Al escribirte estaría destinado a hacerte infeliz. En cuanto a mi estoy más allá de toda ayuda. Para darme cuenta de esto no necesitaba haber contado los golpes del reloj toda la noche; lo sabía muy bien antes de escribirte mi primera carta." No se atrevió a mandar esta conclusión pero mes tras mes empezó a colar lentamente su desesperación en la correspondencia. También fue mostrándose desagradable e insatisfecho:

"objetas varias cosas mías, quieres que sea diferente del que soy. Yo debería , debería , etc. No te das cuenta de que es una necesidad interna para ti querer esto, en consecuencia ya no me quieres, sino que estás tratando de ir más allá de mi. ¿Por qué tratar de cambiar a la gente, Felice? No es justo. Uno tiene que o bien tomar a la gente así como es o dejarla como es. Uno no puede cambiarla, uno simplemente puede trastornar su balance. Después de todo un ser humano no está hecho de piezas aisladas de las que se puede sacar una sola pieza y reemplazarla por otra cosa, más bien constituye un todo y si tu jalas una punta, la otra, te guste o no, empieza a crisparse".

Estas dos experiencias de rechazo se convirtieron en el relato de "La Metamorfosis" que inicia con las siguientes palabras: "Cuando Gregor Samsa despertó una mañana tras perturbadores sueños, se descubrió transformado en un insecto monstruoso".
Gregor Samsa tiene una conciencia humana y un cuerpo de insecto. La coexistencia de esa mente con ese cuerpo es intolerable. Conocimiento y vida están más que divorciados. Se repite el pecado original, pero ahora el árbol del conocimiento produce un insecto; y el cuerpo del insecto se convierte en la conciencia de la caída en lo más despreciable. Se crea así un nuevo orden familiar cuyo fundamento es una pesadilla. Este nuevo orden, como el anterior, también es insoportable aunque peor. Gregor Samsa no puede vivir con la herida infectada que le produjo el rechazo de sus padres y hermana; ellos tampoco tenían la disposición de tratar a un insecto monstruoso como si fuera un querido miembro de la familia. Gregor muere abandonado en la suciedad.
La fábrica y Felice fueron para Kafka sueños arbitrarios; pesadillas que transformaron su vida y su cuerpo en una prisión. Los dos sueños terminaron encarnándose en algo ajeno, monstruoso, insoportable y mortal.

Felice había sido el anuncio de una nueva vida

La creación de El Fogonero se dio después de La Condena y antes de La Metamorfosis: describe la breve amistad entre Karl Rossmann y el fogonero del barco alemán que los transportó a Nueva York. El joven fue seducido por una criada de 35 años y tuvo un hijo con ella. Los padres, para evitar la prestación de alimentos y el escándalo, despacharon al hijo a América. El fogonero, por su parte, era un alemán maltratado en su trabajo por el jefe de máquinas del barco, un rumano llamado Schubal.
Uno y otro fueron objeto de un juicio y una condena. La culpa de Karl fue no haber sabido manejar su sexualidad. La del fogonero el no saber hablar y, por ello, no saber defenderse. Para su vergüenza, los dos fueron maltratados por seres de una categoría social "inferior". Como Karl sí sabía hablar quiso ayudar al fogonero exponiendo la injusticia al capitán. Sentía que con el poder del lenguaje podía hacer algo bueno, pero no resultó.
Cuando Kafka escribió El fogonero en octubre de 1912 tenía dos meses de haber conocido a Felice Bauer. A primera vista ella le pareció una sirvienta y se sintió atraído por ella. La presencia de Felice, de manera inmediata, fue un gran aliciente para desatar su escritura y comenzó a realizar adecuadamente eso que le parecía la justificación de su vida: la literatura. Kafka creyó que la alianza entre sexualidad y escritura, amor y lenguaje, le ayudaría a desarrollar su posición vital, pero ni siquiera en este relato alcanzó a vislumbrar algún éxito de esa alianza, pues Karl y el fogonero no llegaron a nada efectivo con el apoyo mutuo. Karl fue rescatado por su tío el senador y el fogonero quedó en manos del capitán, recluido en el desamparo de su incapacidad.
De hecho, en la relación con Felice, la sexualidad resultó un problema irresoluble (salvo en una ocasión) y la escritura sólo se vio estimulada al principio; después, Felice se convirtió nuevamente en fuente de inspiración literaria cuando Franz tuvo que pensar en las dimensiones de su fracaso amoroso.
Sin embargo, Kafka, en el momento de escribir El Fogonero, estaba consciente de que Felice le abría, por el momento, la puerta a una nueva vida: ella era el equivalente de emigrar a América. Este optimismo es el que tiene también el personaje Karl al llegar a Nueva York.

La vida cotidiana como prisión

Kafka y Felice eran dos personas con características y metas completamente diferentes; de hecho el sentido de sus vidas era un sentido contrario. Sin embargo se empeñaron vanamente, durante cinco años, en convertirse en marido y mujer.
Lo que a Kafka le atrajo de Felice fue la indiferencia que ella le mostró el día que se conocieron en casa del amigo Max Brod. Esa indiferencia era algo a lo que estaba acostumbrado. Inició su relación por el reto que Felice personificó: él tenía que transformarse, debía convertirse en un hombre valioso, necesitaba superar la nada que era para sí mismo y para los otros y convertirse en un ser amado. Felice personificaba la indiferencia y el desprecio con que lo trataba el orden paterno. Felice, además, era la esperanza de fundar un orden nuevo, un hogar propio, un superar la inferioridad, la indiferencia y el desprecio.
Si Felice lo llegara a amar entonces se vería que él había tenido éxito en su transformación, quedaría claro que habría pasado de ser nadie a ser alguien valioso. Este deseo de cambio quedó expresado en la proposición que le hizo a ella: ir juntos a Palestina al año siguiente. La proposición era real, pero también era simbólica: quería llegar con ella a la tierra prometida.
De hecho la indiferencia fue mutua y Felice también la percibió. Ya de novia le reclamó a Kafka que no la hubiera considerado digna de mostrarle los relatos del libro Meditación que estaba arreglando con Max para su publicación. Por eso también le sorprendió que Kafka le escribiera y le demostrara, con un relato absolutamente detallado de su primer encuentro, que ella no le había sido indiferente. Ella, a pesar de ser una ejecutiva brillante en su empresa, estaba acostumbrada a la falta de afecto de sus parientes. De niña se sintió indefensa frente a los golpes de hermanos y primos y todavía como adulta siguió padeciendo la falta de respeto de su madre. Incluso Kafka cuando la conoció también la despreció. Por eso escribió: "estaba sentada en la mesa. Yo no tenía curiosidad de saber quién era, más bien lo di por contado. Huesuda, cara inexpresiva que llevaba su vacuidad abiertamente... En su modo de vestir parecía sirvienta".
En las cartas que durante meses corrieron entre Praga y Berlín, donde vivían él y ella, se habló mucho de boda, pero el matrimonio siempre se presentó lleno de contradicciones. De principio a fin Felice se encontró con muchas variantes de una posición paralizadora de Kafka: "no puedo vivir con ella ni sin ella". Esto fue así porque él y ella demandaron lo que su pareja no podía darles: "Silenciosamente cada uno se dice a sí mismo que el otro es incambiable y despiadado. Yo no cedo ni una partícula de mi demanda por una vida fantástica completamente arreglada en interés de mi trabajo; ella, indiferente a cada muda petición, quiere el promedio: una casa cómoda, un interés de mi parte en la fábrica, buena comida, dormir a las once, calefacción central; pone mi reloj en la hora y el minuto exacto, yo lo tengo adelantado hora y media desde hace tres meses". "Lo que dije fue cierto y se reconoció como cierto: cada uno ama al otro como es, pero no piensa que sea posible vivir con el otro tal como es".
Kafka y Felice estuvieron atados a una situación absurda, cada uno eligió como pareja a la persona equivocada y convirtió así su relación en una prisión de la que no podía escapar por más que lo intentaba. El otro era el guardián que impedía la fuga.
El primer compromiso matrimonial se realizó el 30 de mayo de 1914. Kafka comentó esa celebración: "Estuve atado como un criminal [...] todos se esforzaban por devolverme a la vida y, al no conseguirlo, por tolerarme como era. Aunque Felice era la que menos lo hacía, y con toda razón, porque era la que sufría más. Lo que para los demás era un simple fenómeno, era para ella una amenaza".
Para escapar de ese compromiso Kafka manipuló a Grete Bloch, íntima amiga de Felice, le dio información escrita suficiente para que se diera cuenta y pudiera probar que el prometido era más bien una gran amenaza para el bienestar de Felice. Por las advertencias de Grete, Felice decidió romper formalmente con Kafka y el 12 de Julioel cuarto del hotel de Kafka en Berlín se convirtió en un juzgado. Durante el juicio se expusieron todas las pruebas y se le encontró culpable. Así, en vez de que Franz, Felice y Grete partieran juntos a vacaciones, como lo habían planeado, se pidió la intervención del gobierno alemán, tal y como se hacía en estos casos, para dejar constancia de que Kafka no había cumplido con el compromiso legal que tenía con Felice. A Franz le pareció muy humillante que se ventilara en público todos sus asuntos personales. Quería la ruptura, pero no la manera en que se realizó.
Del compromiso matrimonial con Felice y de su ruptura, Kafka percibió que él y la gente era prisionera de la vida cotidiana. Vio que estamos atados a un montón de cosas, hábitos y comportamientos de los que no podemos liberarnos y que consideramos constituyen parte esencial de nuestra vida. Y se preguntó quién o qué gobierna todas estas ataduras omnipresentes. ¿Qué sentido tiene estar tan encadenados a una multitud de comportamientos pequeños y concretos?
De esta experiencia y del juicio en el hotel nació una de sus novelas más conocidas: El Proceso. Al inicio de este relato se nos dice: "Alguien debió difamar a Joseph K., pues una hermosa mañana fue arrestado sin haber hecho nada malo".
Sobre este hombre inocente se echa andar una ciega maquinaria judicial que no puede sino avanzar de manera imparable. En el momento que se levanta la acusación, se asume la culpabilidad del acusado de manera inevitable, cuando mucho puede lograrse la suspensión de la condena, pero la misma suspensión puede ser reactivada por algún juez.
El acusado está desamparado ante el poder judicial, se le arresta formalmente y aunque puede seguir haciendo lo de siempre, todo cambia pues ahora se ve absorbido por los trabajos desesperanzados de su defensa, se ve separado de la sociedad, se convierte en objeto de chismes y sospechas.
En su proceso va descubriendo que todo el mundo está conectado con los tribunales, que todo pertenece a la corte, que la gente es empleada de la corte, que no queda nada fuera de ella, que no hay escapatoria.
Los que juzgan no están libres de culpa, los que defienden están en colusión con los que condenan, la ley no se respeta, lo que cuenta es la influencia y la corrupción. Todos se comportan de acuerdo a su empleo, nadie cuenta con pensamientos ni efectividad propia. Todo el poder existente pertenece a la corte. La corte todo lo abarca pero los sostenedores del mayor poder son inaccesibles.
A Joseph K. lo detienen el día de su cumpleaños y lo ejecutan la tarde anterior a su 31 cumpleaños. Lo arrestan en el aniversario de su nacimiento y lo matan antes de que pueda celebrar su nacimiento, como si el problema de origen fuera el nacimiento y la culpa fuera existir.
De la misma manera que a Franz Kafka, el trabajo literario de Joseph K le absorbe toda su actividad; tiene que escribir para demostrar su inocencia, pero como no hay ninguna acusación concreta, tendrá que exponer toda su vida considerando, justificando y explicando cada detalle. Eso le va a ocupar todo su tiempo y hará que descuide los asuntos restantes, va a tener que vivir para probar su inocencia. Su culpa es haber nacido y su tarea es probar su inocencia. Es decir, nació para probar la inocencia de la culpa de haber nacido. Por eso mismo no puede probar su inocencia y por eso mismo durante toda la vida estará en manos del juez que finalmente lo condenará. No servirá de nada escribir ni tratar de probar su inocencia.
En esa gran fábrica de culpas nadie es verdaderamente culpable, ni siquiera los empleados de la maquinaria judicial. Esta simplemente funciona de manera fragmentada de modo que nadie puede conocer el todo, ni controlarla, ni saber el sentido de cada cosa dentro del conjunto.
Las mujeres en algún momento se presentan como un posible camino de salvación, pero resulta una fantasía, ellas realmente no pueden ayudar por ser marginales a la organización, no pueden evitar que esta actúe como actúa.
Todo el proceso de conocimiento de la realidad se da por la vía indirecta, a base de chismes, rumores e impresiones. Pero la misma realidad es inaccesible para todos. Se sabe que la realidad, abarcada por la corte, funciona y todos tienen una idea de cómo funciona, pero nadie sabe por qué ni cómo funciona. Se logra una comprensión limitada, una defensa limitada, pero en última instancia todo queda en el misterio y el desamparo.
Todas estas reflexiones narrativas que desarrolló Kafka a partir de su imposibilidad de casarse con Felice pueden quedar como un caso patológico, como la percepción de un pobre hombre impotente que no sabía qué hacer con la realidad que le había tocado vivir. Pero alguien tan radicalmente diferente a Franz Kafka, como el presidente de Estados Unidos, John Kennedy, coincide con esa percepción de la realidad. Podríamos decir que John Kennedy también fue kafkiano, porque confesaba que cuando estaba en el Senado volteaba hacia la Casa Blanca y decía: allá está el poder. Y cuando llegó a la Casa Blanca volteaba al Capitolio y decía: allá está el poder. A él también le costaba trabajo localizar el poder e ir más allá de la comprensión parcial de su funcionamiento. Y si hubiera tenido tiempo de pensar en su muerte también habría suscrito la sensación de desamparo ante el poder, porque probablemente algún subordinado suyo en el aparato gubernamental ordenó su asesinato. Y nadie sabe en realidad el tamaño de la conspiración que acabó con su vida. Su muerte sigue siendo un misterio. Lo mismo podría decirse en México con el asesinato de Colosio. Su historia también tiene correspondencias con El Proceso de Kafka.
Pero sin necesidad de ir a ejemplos notables, se puede ver que Kafka percibe fragmentos auténticos de realidad y que "la prisión de la vida cotidiana" termina con la ejecución de la condena a muerte que pesa sobre los seres humanos. Y en esa perspectiva de la totalidad de la vida se colocaba Franz Kafka en sus narraciones. En El Proceso se ve la vida como una atadura, como una cadena y una condena.
Lo aparentemente desmedido es considerar la culpa de un hombre que no puede casarse como una simple variación de la culpa de existir; y la condena a muerte de un hombre como una variación de la condena a muerte de todo hombre. Pero si esta vida es la totalidad conocible, si el origen y el fin de ella permanecen en la oscuridad, lo que aparece es la vida arbitraria: todo en ella es intrascendente, todo fracasa, todo es perecedero y, por eso mismo, a final de cuentas, indiferente. Y desde esta óptica puede analizar Kafka su imposibilidad de casarse con Felice y la muerte que eso le trajo.



El cuerpo también es imagen de la culpa

En la Colonia Penitenciaria es un relato que Kafka escribió en octubre de 1914, por la misma época que El Proceso.
El fundador de la colonia, el que sabía el por qué y el para qué de todas las cosas se ausentó y los presos fueron dirigidos por un comandante que no puede cambiar las cosas ni las entiende y por un oficial que quiere justificar los viejos castigos. Se pierde la comprensión del sentido de todo: del bien y del mal, de la ofensa y la defensa, del premio y del castigo.
En la colonia se ejecutan sentencias inexplicables. El fallo se produce bajo el principio de que "la culpa siempre está más allá de cualquier duda" y la disposición que se ha violado se inscribe en el cuerpo del condenado por medio de una máquina de tortura. El centro del relato es la máquina.
La máquina se estaba desintegrando: ya no funcionaba como antes, ni tampoco tenía el pleno respaldo de las nuevas autoridades. El verdugo oficial, al ser desafiado por un investigador forastero, cambia de papel y se convierte en víctima. El mismo pone a funcionar la máquina para que ésta le marque en el cuerpo lo que debió hacer y no hizo: "Sé justo". El verdugo muere una muerte terrible por el funcionamiento deficiente de la vieja máquina de tortura.
En la colonia penitenciaria verdugo y víctima son intercambiables y la averiada máquina puede funcionar contra los dos. Mientras tanto se espera el regreso del fundador de la colonia, de aquel que sabe el sentido de las normas y los castigos.
Con este relato Kafka siguió avanzando en la comprensión de la falta, de la culpa humana. Pensó en sí mismo pero su relato simboliza lo que le pasa a todos los seres humanos. Lo que descubre es que la culpa se inscribe en el cuerpo para recordar la falta. El cuerpo es la imagen de la culpa, cada cuerpo expresa la culpa. Así va más allá de la vieja creencia que vincula la culpa con la enfermedad. La falta se registra en cualquier cuerpo.
Kafka, sin embargo, en su propia interpretación, sí va a ser marcado con una enfermedad que resultará mortal para él: la tuberculosis. El 9 de agosto de 1917, al mes siguiente de haber anunciado su nuevo compromiso matrimonial con Felice sufrió una hemorragia pulmonar masiva que le sirvió para anular el compromiso que tanto temía cumplir. A Felice le explicó (el 30/IX/1917) que estaba dividido por dos yo que luchaban entre sí en su mundo interior (un yo era el que quería casarse y el otro, no) y que su enfermedad no era primariamente tuberculosis sino la expresión de su bancarrota general. "No fue el pulmón el que expulsó la sangre sino una puñalada decisiva que inflingió uno de los oponentes". La tuberculosis no es una enfermedad sino un arma. Ya nunca sanaré "porque con lo que estamos tratando no es una tuberculosis que puede curarse sino una arma que permanece como algo indispensable mientras yo viva. El arma y yo no podemos seguir viviendo".
A mediados de septiembre Felice viajó 30 horas para ver a Franz. Para Felice la ruptura era injustificada e inaceptable. Pero no pudo lograr nada con su visita. Los diarios de Kafka sólo dan una vaga idea de la manera en que todo esto le afectó: "Ella está sufriendo la más grande miseria y la culpa es esencialmente mía [...] en detalles aislados ella está equivocada, equivocada en defender lo que ella llama -o lo que son realmente- sus derechos, pero tomando todo en su conjunto, ella es una persona inocente condenada a la extrema tortura; yo soy el culpable de la equivocación que la está torturando y soy, en adición, el torturador".
Se vieron por última vez en Praga, la navidad de ese año. Felice dejó en claro que estaría con él, pero él fue firme al señalar que no aceptaría el sacrificio de ella. Le dijo que no se casaría con ella ni con nadie más.
Al día siguiente que Franz se despidió de Felice en la estación del tren, fue a la oficina de su amigo Max Brod y lloró más en esa mañana que en todos los años que habían pasado desde su niñez.
Felice regresó a Berlín y un año y medio después se casó con un empresario.

Kafka víctima de la influenza española

El final de la guerra llegó de una manera muy diferente a la que Kafka había esperado y sus planes se estropearon. La guerra trajo hambre, miseria, invalidez, destrucción generalizada. En la Europa movilizada, agotada y devastada, la influenza española encontró el terreno propicio para extenderse rápidamente por todos los países. El total de muertos por esa epidemia se calculó en 20 millones de personas. Kafka se contagió y cayó seriamente enfermo el 14 de octubre de 1918. La tuberculosis lo había dejado vulnerable a la infección: se le desarrolló una neumonía doble, reactivó la tuberculosis de forma más virulenta y por algunos días se temió por su vida. Tres semanas después pudo abandonar la cama y volver al trabajo, pero su salud quedó definitivamente deteriorada.
Ni sus condiciones físicas después de la guerra ni las condiciones sociales y económicas de Berlín fueron las mismas que antes así que su proyecto de abandonar Praga e irse a vivir a Berlín tuvo que ser pospuesto.
Después de la guerra sus pulmones fueron empeorando de manera paulatina. Su trabajo en la oficina más que una carga se convirtió en una ventaja: su enfermedad y su necesidad de curarse lo obligaron a abandonar continuamente la oficina durante largas temporadas. Cada vez que lo necesitó se le concedió el permiso de ausentarse. A pesar de la enfermedad no sólo le sostuvieron el trabajo sino que también lo ascendieron de puesto.

Conseguir una pareja era símbolo de salud

Para Kafka la enfermedad siguió siendo un signo de su bancarrota general y siguió pensando que la manera de curarse no era sólo acudir a sanatorios sino solucionar sus problemas. Uno de ellos era conseguir una mujer y la mujer se convirtió en símbolo de salud.
En marzo de 1919, cuando se estaba recuperando en Schelsen, conoció a Julie Whoryzek, en verano se comprometió con ella y, a finales de octubre, dos días antes de la fecha fijada para la boda, la pospuso indefinidamente.
Julie nunca representó ningún peligro para los intereses ni para la voluntad de Kafka. Desde al principio aceptó con agrado todo lo que él hizo y quiso. A él le pareció una persona totalmente inofensiva y dispuesta a respaldarlo en todo. Primero aceptó que él no tuviera la intensión de casarse, después la propuesta matrimonial, enseguida aceptó seguir con él sin la perspectiva de un matrimonio inmediato. Si Kafka le leía ella lo escuchaba, si quería caminar por el bosque o por las calles ella lo hacía, si iban a nadar, nadaba. Los dos tendían a estar juntos y se la pasaban a gusto. Parecía que Kafka había encontrado el tipo de mujer que andaba buscando. La armonía que había encontrado le pareció lo suficientemente razonable para intentar de nuevo lo que antes no había podido hacer.
Kafka insistió en este nuevo matrimonio a pesar de todos los obstáculos interiores existentes y de los fracasos previos: porque "uno nunca conoce esas cosas, incluso si uno ha tenido experiencias similares; uno tiene que pasar a lo largo de ellas en su terrible novedad" ; porque según él toda su naturaleza seguía empujando hacia allá; y, por último, porque la situación parecía totalmente favorable. Estaba dispuesto a casarse a cualquier costo.
Tal vez en esta ocasión Kafka realmente se hubiera casado si dos días antes de la boda no hubiera perdido el departamento que ya habían conseguido para vivir. Este obstáculo externo le sirvió como pretexto para cancelar su boda. Las prohibiciones interiores habían crecido demasiado como para no aprovechar la oportunidad inesperada. Lo notable del caso es que el departamento conseguido había sido precisamente el que lo había hecho pensar en posponer la boda y no, como le dijo a Julie, la pérdida del departamento:

"Estábamos sentados uno al lado del otro en el sofá del departamento de un cuarto en Wrschowitz (probablemente fue en noviembre, el apartamento iba a ser nuestro en una semana), al lado de su futuro marido ella estaba feliz de haber encontrado este departamento después de un montón de problemas (repito: yo fui el que insistió exclusivamente en este matrimonio, ella sólo había acatado, se había asustado y resistido, pero desde luego gradualmente se había hecho a la idea). Cuando pienso en esta escena con todos sus detalles, más numerosos que los latidos de corazón de un paciente con fiebre, me creo capaz de entender cualquier desilusión humana [...] cualquier imaginable desilusión y tengo miedo de llevarme el vaso de leche a la boca, pues fácilmente podría estallar bajo mis ojos y no por accidente sino a propósito, y lanzar las astillas a mi cara".

Kafka había encontrado una mujer fiel y subordinada pero no la mujer que lo comprendiera y ésta era la condición más importante. Desde al principio de la relación con Julie ya había captado que ella no tenía la capacidad de entenderlo al nivel que estaba buscando, pero dejó de lado ese problema por darle más énfasis a la "armonía" encontrada en otros niveles. Sólo cuando pudo ver en el departamento todo lo que significaría la vida con Julie se le cayeron todas sus fantasías y toda voluntad de superar obstáculos. En esa decepción, se sintió capaz de "entender cualquier desilusión humana".
En el invierno de 1919 la salud de Kafka empeoró y consiguió otro permiso para ausentarse varios meses del trabajo y respirar el aire de Merano a partir del mes de abril de 1920. Tenía las intensiones de pasar las vacaciones de primavera con Julie en Munich, pero la correspondencia con Milena cambió completamente sus planes y su relación con Julie.

Milena, su amor imposible

Cuando Kafka empezó a cartearse regularmente con Milena Jesenská (1896-1944), en abril de 1920, estaba deprimido porque era el escritor que no escribía, el prometido de Julie Whoryzek que pospuso la boda indefinidamente, el funcionario que no puede trabajar, el que quiso abandonar la casa paterna en Praga y trasladarse a Berlín, pero no pudo, el que quiso viajar a Palestina y no lo hizo.
Por ese tiempo Kafka era el enfermo de tuberculosis que tenía muchas cosas que reprocharse, muchos motivos para el autodesprecio y muchas culpas acumuladas. Se encontraba sumido en la impotencia en un centro de salud de Merano. En su trabajo le habían dado permiso para ausentarse de la oficina durante varios meses.
Como en cada una de sus estancias en los centros de salud, Kafka buscó a la mujer que le ayudara a convertirse en una persona saludable. Milena lo había cautivado desde octubre de 1919 por su brillante traducción (del alemán al checo) del relato El Fogonero. Por primera vez se sintió comprendido por una mujer que, además, lo apreciaba mucho como literato, y en Merano comenzó su intento de transformar la relación de trabajo en algo íntimo. Kafka sabía que el matrimonio entre Milena y Ernest Polak era "extremadamente infeliz", porque él practicaba el amor libre.
A través de su correspondencia diaria, Kafka y Milena fueron transformando su soledad en compañía, la depresión en expresión, el silencio en palabra. De una carta a otra fueron intimando con rapidez y profundidad debido a la gran capacidad que tenían los dos de leer entre líneas y de entender el significado que tenía en la vida del otro cada palabra, cada imagen, cada detalle.
Los dos también se cuestionaron lo que estaban haciendo con su vida y en particular la relación con su pareja.
Dos meses de intensa correspondencia bastaron para descubrir que se habían involucrado seriamente y que deseaban unirse todavía más, no sólo en el mundo de las palabras, sino cara a cara.
A finales de junio, Kafka fue a Viena gracias a la insistencia de Milena y a que pudo vencer el enorme miedo de desilusionarla. Ella tuvo la oportunidad de conocer las dimensiones del miedo, la inseguridad, la honestidad y la radicalidad de Franz. Y vio que todas esas dimensiones juntas lo hacían incapaz de vivir. Pero ella no se decepcionó, al contrario, vio que él era mejor que sus escritos.
En Viena, Kafka dejó de ser un hombre insomne y sin apetito, se convirtió en una persona saludable que comía mucho y dormía como tronco. Hasta dio la impresión que su tuberculosis no era más que un ligero catarro.
Los dos acordaron separarse de sus respectivas parejas y pensaron en la posibilidad de vivir juntos. Kafka regresó feliz a Praga: "Necesito todo el tiempo y miles de veces más que todo el tiempo y si es posible todo el tiempo que existe, para ti, para pensar en ti, para respirar en ti... De alguna manera ya no puedo escribir nada sino lo que nos concierne, nosotros en la agitación del mundo, sólo nosotros. Todo lo demás es remoto (...) Pero los labios están susurrando y mi cara yace en tu falda".
Al regresar a Praga, lo primero que hizo Kafka fue romper con Julie. Cuando caminaba con ella por la Karlplatz le dijo que, comparado con Milena, "todo lo demás, por inalterado que estuviera, desaparecía y se convertía en nada". Julie se sintió herida y humillada; rompieron contra su voluntad y para ella todo el asunto fue una dolorosa experiencia de nulificación.
Cuando Kafka esperaba en Praga buenas noticias de Milena, primero recibió ambigüedades y después la noticia de que ella no dejaría a su marido. Ella explicó que no era el momento porque él estaba pasando por una situación muy difícil, en realidad Milena vio claramente que no quería una vida de ascetismo estricto, que es la que llevaría con Franz.
A pesar de terminar con su romance, los dos siguieron escribiéndose hasta diciembre de ese año (1920), cuando Kafka pidió suspender toda comunicación, ya que cada carta le recordaba su fracaso de una manera insoportable.
La ruptura agravó la tuberculosis de Kafka, le produjo insomnios y un colapso nervioso: había fracasado en su tercer intento serio de formar una pareja. Una vez más había querido unirse con la persona equivocada, de manera equivocada. Su nuevo error agudizó su tendencia a la autocondenación, a la autodestrucción y acabó con su vida en poco más de tres años.
Los dos continuaron una amistad distante después de la ruptura. Milena todavía lo visitó en Praga en varias ocasiones, por algunas horas. En una de las visitas, Kafka le entregó sus diarios y mostró así, otra vez, lo que ya le había dicho a Milena después de la ruptura: contigo puedo "hablar tan libremente como con nadie más, porque nadie se ha puesto de mi lado con el conocimiento y la voluntad con los que tú te has puesto, a pesar de todo, a pesar de todo". "Contigo se puede decir la verdad como con nadie más [...] contigo uno puede encontrar en realidad la propia verdad".
Con Milena, por primera vez, Kafka conoció lo que era la comprensión. Ella fue "una luz en la obscuridad" porque le ayudó a entender que podía vivir de otra manera y así hizo posible, en parte, que él realizara todas sus metas al final de su vida: abandonar Praga y la casa paterna, vivir con una mujer en Berlín y dedicarse a escribir todo el día.

Antes de morir: hacer lo que siempre se quiso hacer

En la primavera de 1923 la infección pulmonar ya lo había debilitado mucho. Los insomnios seguían obstaculizando su fortalecimiento y contra ellos empezó a recurrir a las píldoras para dormir, pero no le hicieron efecto. Kafka estaba asustado de su deterioro físico y emocional así que decidió tomar medidas drásticas para salvarse. Uno de los obstáculos que vio que tenía que superar era su apego a la comodidad.
En julio conoció a Dora Dymant (1898-1952) en Müritz, una casa de veraneo para niños y jóvenes judíos en la costa báltica de Alemania. Casi todo el tiempo que estuvo ahí se la pasó con ella. Dora tenía 19 años, provenía de una familia ortodoxa judía. Para ampliar el estrecho horizonte del ghetto en Polonia había emigrado a Berlín y por el momento trabajaba en la cocina de la casa de veraneo. En Dora encontró lo que estaba buscando: ella tenía el judaísmo del Este que tanto atraía a Kafka, conocía la lengua judía (yiddish y hebreo) que tanto estaba valorando él, había vivido las tradiciones que él lamentó perder, estaba dispuesta a apoyarlo en todo y a cuidarlo. Ella encontró en él a un hombre que vivía con intensidad, a un maestro de la cultura occidental que quería aprender, a un hombre amable y querible.
La relación con Dora debió suscitarle las antiguas dudas de su relación con las mujeres y así se agudizaron sus tensiones. Los dos platicaron de la posibilidad de vivir juntos en Berlín y esto obviamente era un proyecto que en sus condiciones parecía más que nada una fantasía. Sin embargo veía que era algo que necesitaba hacer. El no haberlo hecho anteriormente lo había destruido. Aunque estaba en peores condiciones que antes, tenía menos que perder o más bien no tenía nada que perder, todo podría ser ganancia.
Abandonar Praga para vivir en Berlín pareció una locura a sus amigos y familiares e incluso a él mismo: "Dentro de los límites de mi condición que es una imprudencia cuyo paralelo puedes encontrar sólo hojeando las páginas de la historia, es decir, la marcha de Napoleón hacia Rusia". Respecto a su vida en Berlín prácticamente todo parecía estar en contra: su pensión apenas le alcanzaría para sobrevivir mal, su enfermedad estaba muy avanzada, en Alemania la inflación y la escasez estaban en posición extrema; en Berlín enfrentaría el invierno en condiciones de pobreza, es decir, con extrema insuficiencia si se le comparaba con las condiciones en las que estaría en Praga. Pero ahora que estaba enfermo había resuelto hacer lo que no se atrevió con un cuerpo sano o no tan enfermo.
Con su nuevo modo de vida Kafka, a pesar de todo, fue capaz de combinar lo que siempre había querido combinar: independencia, escritura y vida en común con una mujer. Con Dora pudo seguir escribiendo con notable productividad. Los pocos cuentos que sobrevivieron de este período comunican con profundidad los sentimientos que estaban brotando de esta nueva situación. El miedo persiste, pero este miedo es diferente al antiguo, ahora el temor es a perder lo que ha ganado con tantos esfuerzos. Y los peligros realmente eran grandes, su salud y las condiciones socio-económicas de Alemania prácticamente lo tenían sentenciado.
De septiembre de 1923 a marzo de 1924 vivió con Dora Dymant en Berlín y experimentó por primera vez un profundo deseo de vivir, pero el deseo le llegó demasiado tarde, cuando ya se había destruido demasiado y la tuberculosis entraba en la etapa fatal.
Kafka quiso casarse con Dora y le envió una carta al padre de ella en la que le manifestaba que él (Franz) no era un judío creyente pero sí un y que por eso esperaba ser aceptado por una familia tan devota. El padre de Dora consultó al rabino de su confianza y éste dijo a la petición de Franz. Por eso no se casaron.
La actitud de Dora hacia Kafka mientras vivieron juntos está muy bien expresada en una carta que ella le mandó a Max Brod después de la muerte de Franz:

"Mientras estuve viviendo con Franz, todo lo que puede ver fue él y yo. Cualquier otra cosa aparte de su propio yo era simplemente irrelevante y algunas veces ridículo. Su trabajo no era importante en el mejor de los casos. Cualquier intento de presentar su trabajo como parte de él me pareció simplemente ridículo. Esta es la razón por la que objeté la publicación póstuma de sus escritos. Y además, como ahora estoy empezando a entender, había el miedo de tener que compartirlo con otros. Cualquier declaración pública, cualquier conversación la miré como una violenta intrusión en mi ámbito privado. El mundo en general no tiene que saber sobre Franz. El no es asunto de nadie porque, bien, porque nadie posiblemente podría entenderlo. Vi eso -y pienso que todavía lo veo así- como totalmente imposible que alguno pudiera entender a Franz o que obtuviera una vaga idea de lo que era Franz a menos que lo conociera personalmente. Todos los esfuerzos por entenderlo eran inútiles a menos que él lo hiciera posible por medio de la mirada de sus ojos o el toque de su mano. Y esto, desde luego, ya no lo puede hacer".

Aclarar el sentido de la vida para poder casarse

Después de romper definitivamente con Felice, Kafka le dijo a su amigo Max Brod que para tener derecho a casarse debería aclararse el sentido de la vida. Y señaló que el judío occidental, como él, no tenía claras las cosas últimas. Ese conocimiento claro no lo llegó a tener, pero fue algo que estuvo buscando permanentemente en su vida adulta y sus mejores relatos están arraigados en los descubrimientos que fue haciendo en esta dirección.
Buscó el sentido de la vida como judío no creyente, es decir, como miembro de un pueblo que se había constituido por la fe en Dios. De esta manera, su pertenencia al judaísmo fue muy problemática, porque al no creer en Dios su identidad tenía un vacío esencial; su judaísmo era un muerto vivo como el personaje de su cuento El Cazador Gracchus, un hombre que al morir se había extraviado entre este mundo y el otro. Y esa situación era algo que simplemente asumía: "Estoy aquí, no sé más; no puedo hacer otra cosa".

Hablar de los chinos al pensar en los judíos

En su búsqueda de una comunidad, a sus 28 años, recibió por primera vez una imagen concreta de otro judaísmo, el oriental, a través de su amigo Yitzhak Levi y su grupo de Teatro Yiddish.
Simplificando muy burdamente las diferencias entre los judíos occidentales y los orientales tendríamos lo siguiente: los primeros eran ricos, cultos y no muy practicantes de su religión (incluso ateos); los segundos eran pobres, incultos y muy apegados a su religión.
Kafka pudo convivir con los judíos orientales en labores solidarias cuando llegaron como refugiados a Praga, huyendo de Galicia y de los rusos en la Primera Guerra Mundial:

"A principios de agosto de 1914 los ejércitos rusos cayeron sobre Galicia [...] las tropas del Zar devastaron y conquistaron todo el territorio. A los judíos los trataron como criminales dignos de la horca y la hoguera. Los humillaron y violaron a sus mujeres. A miles los fusilaron acusándolos de espías austriacos. Los cosacos hacían gala de su furia destructora: prendieron fuego a todas las sinagogas, saquearon los comercios y sus casas, vejaron a los jóvenes y asesinaron a los rabíes [...] Dueños del territorio, los ejércitos rusos iniciaron la deportación masiva de las comunidades judías. Aproximadamente ciento cincuenta mil judíos se refugiaron en Hungría, Moravia y Bohemia".

Enero de 1915 fue el último mes que la ciudad de Praga mantuvo abiertas sus puertas a los refugiados, pues la comunidad judía se vio rebasada en su capacidad de ayuda ante la gran cantidad de necesitados.
Las características tan distintas del judío occidental y del oriental se traducían también en un desprecio mutuo. Kafka por su parte, simpatizó más con los judíos orientales que con los occidentales. Percibía que con los orientales el judaísmo estaba más vivo y hasta deseó haber sido un judío oriental.
Esta revaloración del judaísmo que hizo durante la guerra se expresó en varios de sus escritos de sus últimos años. El cuento de La Gran Muralla China (1917), por ejemplo, es más una reflexión sobre su manera de participar en la tradición y en la obra de los judíos que sobre el gobierno y las obras de los chinos.
El cuento es un reporte de los hallazgos culturales de un constructor de la gran muralla china. Lo que este hombre descubre es que el emperador y los dirigentes chinos son elementos diminutos e insignificantes de un proceso vital inmenso. Ellos, que mandan sobre el pueblo, están sujetos a leyes hechas en un remoto pasado y que son las que mantienen actualmente unido al pueblo. Por esta razón conviene no criticarlas.
Una de las grandes obras que se decidieron desde siempre (incluso antes de la llegada de los dirigentes que aparentemente tomaron la decisión de edificarla), fue la construcción de la gran muralla china. El método que se eligió fue construirla por tramos de 500 metros, ya que la mayoría de la gente no era capaz de hacer ni de entender una obra que fuera más allá de cinco años y todavía menos de una que fuera a concluirse más allá de la duración de la propia vida.
La visión y acción de largo plazo, el proceso de conectar todas las partes entre sí a lo largo de varias generaciones, sólo estaba a disposición de un grupo reducido de personas que son los que ocupaban los puestos directivos en la obra.
El gran problema para la acción y la comprensión de la obra era la inmensidad. Las distancias entre dirigentes y dirigidos eran tan grandes, y las decisiones y sucesos de los dos estaban tan separados que las conexiones entre los dos parecían inexistentes. Esas distancias son tan grandes que abren una separación tan grande entre conocimiento y realidad como la que se da cuando se ve hoy, por primera vez, una estrella que hace miles de millones de años desapareció.
Esa fue una manera en la que percibió Kafka su pertenencia al judaísmo. Recibió unas leyes para vivir que no alcanzaba a entender porque la inmensidad y la temporalidad de la realidad las hacía incomprensibles. Pero con su ignorancia de fondo o su conocimiento limitado, de todos modos se sentía participando en la construcción de la gran muralla china, es decir, en la obra de su pueblo.

El poder que no deja espacio para vivir ni trabajar

La separación que hay entre la ley humana y la vida se debe no sólo a la enorme distancia temporal y espacial que se da en una gigantesca realidad humana sino también se explica por la manera en que está organizado el funcionamiento cotidiano de la ley, es decir, debido a sus principios operativos. Esto último lo pensó en su novela El Castillo.
La ley, y el gobierno que la encarna (el castillo), se ocupa de todo, nada puede hacerse sin su permiso o autorización. La ley es impersonal y no se equivoca, la que se equivoca es la realidad y los hombres que la viven. Ella es la que define lo correcto y lo incorrecto, por eso es la ley. Ella es la medida de todas las cosas, la medida de la realidad y de los hombres. Y todo esto tiene consecuencias como se ve claramente en la novela. Ahí se dice en la primera página:

"Este pueblo pertenece al Castillo y el que viva aquí o pase una noche lo hace, por así decirlo, en el Castillo. Nadie puede hacer eso sin el permiso del Conde. Pero tú no tienes ese permiso o al menos no has producido ninguno".

Esto lo dice un hombre joven del pueblo al personaje K cuando lo despierta por estar durmiendo en una posada sin permiso. Así inicia la historia de K, un agrimensor que, por un error burocrático, fue llamado a una aldea que no lo necesitaba y que no tenía un lugar para él. A pesar de la equivocación, ese hombre lucha por encontrar una casa, un empleo y convertirse en un miembro de la comunidad.
Al final, el agrimensor, en su lecho de muerte recibe el mensaje del Castillo en el que se le comunica que aunque su reclamo de vivir en la aldea no era válido, se habían tomado en cuenta circunstancias auxiliares y se le permitía vivir y trabajar ahí.
Lo más interesante de la novela es que describe cómo los habitantes de la aldea están subyugados por el poder omnipresente, difuso e incomprensible del Castillo. Todos dependen de él, pero nadie lo conoce. Los aldeanos pueden ver el Castillo, pero no saben qué sucede dentro de él, ni cómo funciona. Cada quien interpreta los deseos y las órdenes del Castillo a su manera, creando confusión y soledad. Pero tampoco el Castillo conoce a la gente, cualquier "hombre no es más que un documento, resuelto o no resuelto".
La idea del poder omnipresente, incomprensible e inaccesible que se comporta indiferenciadamente hacia los subordinados era una parte importante de la novela El Proceso, pero ahí el tema principal era la acusación y la condena. En El Castillo el tema es la lucha por tener un hogar dentro de un mundo dominado por un poder inaccesible e incomprensible que es incapaz de responder a las necesidades específicas de la gente, pues las desconoce. Retoma el problema de la pertenencia.
La novela se inspiró en la relación con Milena, ella lo llamó a Viena para conocerlo y amarlo, pero resultó que el llamado fue una equivocación, en realidad ella no lo necesitaba y El castillo (el poder omnipresente e incomprensible) no permitió la relación entre el judío y la mujer checa, impidió que los dos formaran un hogar.
La impotencia la relaciona Kafka no sólo con las faltas personales sino también con el poder arbitrario de alguien o algo más. El gobernado siempre tiene un gobernante y ese puede ser alguien impersonal.

El silencio insoportable

Las Investigaciones de un Perro es un relato que escribió de manera paralela a El Castillo en el año 1922 y es también una reflexión sobre su pertenencia al pueblo judío (uno de los insultos a los judíos era decirles "perro").
En el cuento, el que realiza las investigaciones es un perro que "quería encontrar la verdad y escapar de este mundo de falsedad". El veía que sus compañeros callaban en cuestiones cruciales y ese silencio envenenaba su existencia y la hacía insoportable. Veía también que todo estaba en declive y que eso no quería decir que las generaciones anteriores fueran mejores; estaban tan equivocadas como ellos pero eran más jóvenes y tenían una carga menos pesada. Incluso los que iniciaron la equivocación fueron los primeros padres: ellos se extraviaron pero "no tenían la menor duda ni noción de que su aberración iba a ser interminable, ellos todavía podían ver literalmente la encrucijada, parecía un asunto sencillo voltear atrás" para rectificar y llevar una genuina vida de perro, pero no lo hicieron.
Y el extravío persiste actualmente por el silencio de todos, por la falta de un esfuerzo unificado en la dirección correcta:

"Es con la esperanza de que me puedan responder por lo que yo he estado cuestionando a mis compañeros perros, ¿al menos lo he hecho desde los años de mi vida adulta? ¿Tengo una tonta esperanza? ¿Puedo contemplar los fundamentos de nuestra existencia, captar su profundidad ver la labor de su construcción, aquella negra labor y esperar de todo esto ser abandonado, rechazado, deshecho, simplemente porque hago una pregunta?. No, eso ya no lo espero. Entiendo a mis compañeros perros, soy carne de su carne, de su miserable y siempre renovada y siempre deseosa carne. Pero no es sólo carne y sangre lo que tengo en común, sino también conocimiento, y no sólo conocimiento, sino la clave del conocimiento también. No poseo la clave del conocimiento sino en comunión con los demás; no puedo captarla sin su ayuda. Los huesos más duros, los que contienen el tuétano más rico, pueden ser conquistados sólo por una mordida conjunta de los dientes de todos los perros. Eso, por supuesto, es sólo una figura retórica y una exageración; si todos los dientes estuvieran listos ni siquiera necesitarían morder, los huesos se romperían por sí mismos y el tuétano se haría libremente accesible a los perros más débiles [...] ¿Por cuánto tiempo voy a soportar el hecho de que el mundo de los perros, como lo ha hecho evidente las investigaciones, está comprometido con el silencio y siempre lo estará? ¿Cuánto tiempo seré capaz de soportarlo? Esta es la gran pregunta de mi vida".

El artista y su pueblo, la valoración de sí antes de morir

Josefina la Cantante es la expresión de la manera en que ve su relación como artista con el pueblo judío al que pertenece, es la evaluación final de lo que hizo con su vida.
Josefina es la cantante del pueblo, pero la relación entre los dos se basa en un equívoco que es el siguiente:

"Nuestra vida es muy difícil, cada día nos trae sorpresas, aprehensiones, esperanzas y terrores, de modo que sería imposible para un solo individuo soportar todo eso si no tuviera día y noche el apoyo de sus compañeros; pero incluso así se convierte en algo muy difícil".
"Cuando estamos política o económicamente mal, se supone que su canto nos salva, nada menos que eso, y si no aleja el mal por lo menos nos da la fuerza para soportarlo [...] La verdad es que ella no nos salva ni nos da fuerza; es facil que alguien se presente a sí mismo como salvador de nuestra gente, acostumbrada como está al sufrimiento, rápida en decisión, muy familiarizada con la muerte, temerosa sólo a la vista de alocados atrevidos [...] y como son valientes [...] es fácil que uno se ponga, después del evento, como salvador de nuestra gente, que siempre se las ha arreglado para salvarse a ella misma aunque a costa de sacrificios que horrorizan a los historiadores."

Lo que ha ocasionado el malentendido de Josefina como salvadora es que cuando se han producido ataques del enemigo la gente corre y se concentra en el lugar más seguro y Josefina siempre ha estado ahí para protegerse y siempre ha cantado ante la multitud congregada.
El canto agudo de Josefina viene como mensaje para toda la gente, para cada individuo, la voz delgada en medio de graves decisiones es como la precaria existencia de nuestro pueblo en medio del tumulto de un mundo hostil.
Josefina quiso ser eximida del trabajo diario por su canto, se hizo demandante cuando la voz le estaba fallando y estaba vieja. Desapareció pero no calculó bien sus movimientos para lograr lo que quería. Se dejó llevar por “el destino que siempre es triste”. Por su propia voluntad abandonó el canto que le daba a su pueblo.

"Ella es un pequeño episodio de la eterna historia de nuestra gente y la gente se recuperará de su pérdida […] Así que quizás no la extrañaremos mucho después de todo, pues según su creencia Josefina será redimida de las penas terrenas como sucede con los espíritus elegidos. Se perderá felizmente en el incontable número de héroes de nuestra gente y pronto, puesto que no somos historiadores, se levantará a las alturas de la redención y del olvido como todos sus hermanos."

Kafka se identificó con su personaje Josefina hasta en su infructuosa exigencia de ganarse la vida con su arte.
Cuando escribió este cuento ya estaba muy mal de salud y sabía que su muerte podía estar próxima.


Conclusión

Hay gente que busca un sentido de la vida y gente que no. Los que no lo buscan es porque aceptaron un sentido de la vida que les transmitió su cultura (uno de varios disponibles) o porque aunque rechazaron el sentido que se les ofreció, no se sintieron capaces de encontrar un sentido alternativo y no lo buscaron. Kafka es de los que decidieron buscar el sentido de la vida dentro de su cultura pero críticamente.
Entre los sentidos que ofrece la cultura está lo que Kafka clasificó como la construcción de la vida en tramos cortos. En esta clase de vida lo que importa es tener claro el pequeño tramo que se une a otro tramo semejante. Por ejemplo: el que estudia una carrera profesional para tener un empleo bien remunerado, vincula estudio y trabajo; o el que se casa para tener una familia, vincula hombre, mujer e hijos, etc. En estos dos casos el tramo corto del sentido de la vida es obvio. Y hay gente que se limita a tener claro el tramo corto sin ocuparse del otro.
El tramo largo ordena la vida en una sola dirección, cada una de las pequeñas metas de corto y mediano plazo siguen la misma orientación, es decir, en esta clase de vida se sabe cómo está conectada la familia, la carrera profesional, la vida social, con el propósito de la existencia personal. Kafka era de los que querían tener claro el sentido de la vida en el tramo largo; quería unir todas sus actividades en un todo coherente y de hecho organizó su existencia en torno a la escritura; intentó articular todo lo que vivía en función de la literatura.
El sentido de la vida puede verse desde una perspectiva divina (se le revela a alguien que a su vez lo transmite a otros seres humanos que lo aceptan); o puede desarrollarse desde una perspectiva humana (los contenidos se reciben por transmisión cultural y se van recreando de generación en generación). Kafka buscó el sentido de la vida desde la perspectiva humana que se le transmitió culturalmente, pero se ubicó en el hueco que dejó la perspectiva divina ausente. Esto quiere decir que pretendió abarcar toda la realidad que organiza la religión, pero comprendiéndola de una manera simbólica y narrativa. Sin embargo, a diferencia de la religión, él no pretendió establecer uno modo de vida válido para todos los seres humanos, sino describir críticamente el modo de vida que estaba vigente en su tiempo. Esta fue su una de sus peculiaridades.
El sentido de la vida humana desde la perspectiva divina es el orden que el representante de Dios le da a la vida de los hombres, es su mandamiento, es su voluntad hecha ley. Cualquier ser humano que quiera encontrar el sentido de su vida dentro de esta perspectiva debe buscar y encontrar a Dios, a su voluntad, su ley, y cumplir con ella.
Cuando el sentido de la vida humana se establece desde la perspectiva humana, el orden que se le da a la vida es un orden humano; la ley es humana y la voluntad que expresa la ley y el orden es también humana. El lugar que antes ocupaba Dios ahora lo ocupa un ser humano. Como dice Hubert Saget: "El orden es el índice de la dominación ejercida por un sujeto sobre una pluralidad sometida". Y añade: "Ninguna estructura podría subsistir fuera del ser que alimenta su unidad".
El que juzga es el que domina. Pero el que domina, desde una perspectiva humana, es un hombre y cualquier otro hombre le puede cuestionar su dominio y su juicio. La disputa se resuelve a favor del que tenga más fuerza y poder. El ganador es el que impone el orden (la ley) y su juicio.
La mayoría de las conquistas de la historia humana se han hecho en el nombre de dioses. Así, entre el viejo orden y el nuevo se pasa de un dios a otro. Sin embargo, las conquistas en los últimos tres o cuatro siglos de la historia no se han hecho a nombre de un dios sino a nombre de un país o una nación.
La novedad que captó Kafka es que la dominación, el orden social vigente, ya no se establecía en el nombre de un dios o de un ser humano sino de una o varias fuerzas abstractas incomprensibles e inaccesibles. Esas fuerzas abstractas, en la visión de Kafka, parecen ordenar y desordenar la realidad.
¿Cómo llegó a esta conclusión? El primer orden que le tocó padecer a Kafka fue el orden paterno. Su padre fue un hombre fuerte, autoritario y poco perceptivo de las necesidades, quereres y características de su hijo. De hecho en la famosa carta que le escribió pero que no le entregó le decía: "Adquirías para mí lo enigmático de todos los tiranos, cuyo derecho se basa en su persona y no en el pensamiento". Y un poco más adelante añadía: "soy el resultado de tu educación y de mi obediencia".
El conflicto con su padre le permitió incursionar en otros campos de la existencia y descubrir otras fuerzas que gobernaban la vida. Su manera de escribir fue parte de sus descubrimientos del poder. El escribió sus mejores obras en lo que llamó "estados visionarios" en los que se sentía transportado "no sólo a los límites" de sí mismo, "sino a los límites de lo humano como tal". Sin embargo él no podía meterse a voluntad en esos estados. Ellos simplemente se presentaban o se ausentaban según un orden incomprensible. En su experiencia pues, la creación de personajes y acciones seguía el dictado de fuerzas interiores oscuras. Y al trasladar esta experiencia a los grupos e instituciones sociales, le pareció que ahí también se creaban personajes, situaciones e historias en las que los participantes no parecían los verdaderos autores sino que el autor o los autores eran esas fuerzas abstractas.
Su misma tuberculosis la entendió como resultado de un conflicto entre unas fuerzas interiores que se oponían al matrimonio y otras que lo favorecían. El no controlaba esas fuerzas, más bien se sintió sujetado por ellas.
Como los gobernantes del orden vigente son fuerzas incomprensibles, nada dentro de ese orden o desorden tiene un lugar y un papel definido e identificable. La realidad parece irreal y se convierte en algo increíble e insostenible.
La de Kafka fue una rebelión sin esperanza contra ese gobierno abstracto, y esa posición sólo pudo traducirse en un rechazo a la realidad tal como es. Franz rechazó el "orden" que le tocó vivir, pero no pudo crear un orden distinto ni siquiera en sus novelas, pues no las concluyó. Se quedaron como fragmentos que requerían ser ordenados. Su amigo Max Brod tuvo que darle un orden que probablemente no le hubiera gustado a Kafka ya que éste decía que su amigo creía entenderlo, pero no lo entendía.
Este rechazo de Kafka a la realidad lo expresa muy bien en uno de sus últimos cuentos: "El artista del hambre". Este personaje mostraba al público la gran cantidad de días que podía pasarse sin comer. Y podía ayunar tanto tiempo porque a él no le gustaba la comida y no encontró una que le diera placer. Pero ese arte de no comer sólo podía despertar el interés del público de una manera pasajera. El artista murió de hambre en la jaula de un circo en medio de la indiferencia: ya nadie lo veía, nadie registraba los días de ayuno, hasta que un día lo encontraron muerto. El artista fue sustituido en su jaula por una pantera que mostraba cómo "la alegría de la vida fluía con tan ardiente pasión" por su mandíbula y su garganta, y "a los espectadores no les era fácil soportar su impacto y se abrazaban, amontonados alrededor de la jaula y no querían alejarse del espectáculo".
Kafka sólo aceptó la vida para transformarla en literatura, en conocimiento, pero no pudo convertir ese conocimiento en una vida distinta salvo en los últimos meses de su existencia, es decir, cuando ya se le había acabado la vida.
El dios de Kafka, el sentido de su vida, fue la literatura, pero ese dios y ese sentido no lo llevaron a una existencia que lo satisficiera. Su testimonio, como el de muchos, pero con una inteligencia especial, es que la vida es un problema difícil de resolver.
Ya no es posible regresar a la época en que una religión daba el sentido a la vida de una o varias naciones. No contamos tampoco, como vimos con Kafka, con algo que ocupe el lugar de la religión para dar un sentido común. Estamos fragmentados, empujando con fuerza en múltiples direcciones conflictivas. Necesitamos descubrirnos e integrarnos de otro modo. Necesitamos dar lugar a una nueva unidad en la pluralidad, y para ello podemos ir ensayando la creación de espacios para desarrollar las diferencias y los encuentros.

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