lunes, 9 de julio de 2012


La fe no se basa en normas y costumbres


Quisiera compartir con vosotros algunas consideraciones sobre las consecuencias que brotan de ser justificados por la fe y por la acción del Espíritu en la vida cristiana.
El Apóstol de las Gentes, en la Carta a los Gálatas, acentúa claramente la gratuidad de la justificación, subrayando también la relación que existe entre la fe y las obras.
También dice en esta misma carta que llevando unos los pesos de los otros, los creyentes cumplen el mandamiento del amor. Justificados por el don de la fe en Cristo, estamos llamados a vivir en el amor de Cristo por el prójimo, porque según este criterio seremos juzgados al final de nuestra vida; y como decía san Juan de la Cruz “en el atardecer de la vida nos juzgarán del amor”...
¿Se vive esto en el Opus Dei?, creo sinceramente que aquí falla la praxis que propugna la teología de la prelatura, y de aquí parten la mayoría de los errores y sus consecuencias fatales en los damnificados.
El amor de Cristo nos reclama, nos acoge, nos abraza, nos sostiene hasta atormentarnos, porque obliga a cada uno a no vivir para sí, encerrado en el propio egoísmo, personal o institucional, sino para “Aquel que ha muerto y resucitado por nosotros”. El amor de Cristo hace que seamos en El aquella nueva criatura que entra a formar parte de su cuerpo místico que es la Iglesia.
Así pues, la centralidad de la justificación sin las obras, objeto primario de la predicación de Pablo, entra en contradicción con la fe operada en el amor, es más, exige que nuestra misma fe se exprese en una vida según el Espíritu.
Refiriéndonos a la contraposición sin fundamento entre la teología de San Pablo y la de Santiago, se puede afirmar que el primero está preocupado sobre todo por demostrar que la fe en Cristo es necesaria y suficiente, Santiago hace hincapié en las relaciones que se derivan entre la fe y las obras. Por tanto, sea para Pablo que para Santiago la fe que obra en el amor testimonia el don gratuito de la justificación en Cristo.
A menudo caemos en los mismos malentendidos que caracterizaron a la comunidad de Corinto: aquellos cristianos pensaban que habiendo sido justificados gratuitamente en Cristo por la fe, “todo fuese lícito para ellos”. Y pensaban y a menudo parece que lo piensan también ciertas personas e instituciones, -Os sonará muy cercana esta manera de comportarse,- que sea lícito crear divisiones o apartados en al Iglesia, Cuerpo de Cristo, celebrar la Eucaristía sin preocuparnos de los que han sido nuestros hermanos o de los más necesitados, aspirar a los carismas mejores sin darnos cuenta de que somos miembros unos de otros, etc. Las consecuencias de una fe que no se encarna en el amor son desastrosas, porque todo se reduce al arbitrio del que manda bajo una capa de gracia de estado y al subjetivismo más nocivo para nosotros y para los hermanos, en una vida de criterios caprichosos, normas y costumbres.
Por el contrario, debemos ser conscientes de que precisamente porque somos justificados en Cristo, ya no nos pertenecemos, sino que somos templos del Espíritu y estamos llamados por tanto a glorificar a Dios en nuestro cuerpo con toda nuestra existencia. Rebajaríamos el valor inestimable de la justificación si comprados a un precio caro por la sangre de Cristo, no lo glorificamos con nuestro cuerpo.
Si la ética de San Pablo propone a los creyentes no decaer en formas de moralismos, a base de normas y costumbres, y se demuestra actual para nosotros, es porque cada vez recomienza la relación personal y comunitaria con Cristo, esa fe en espera, para realizarse en la vida según el Espíritu. Esto es esencial. La ética cristiana no nace de un sistema de mandamientos; si es verdadera se encarna y se realiza en el amor al prójimo. Por eso, cualquier decaimiento ético nos limita a la esfera individual, sino que es al mismo tiempo desvalorización de la fe personal y comunitaria: deriva de ésta e incide sobre ella de forma determinante.

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